Selección Argentina

Argentina estaba muerta, pero Messi seguía vivo

El capitán de la Albiceleste no iba a renunciar a su sueño de ganar un Mundial así como así.

Messi, en éxtasis tras su golazo a México

Messi, en éxtasis tras su golazo a México EFE

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Corría el minuto 64 en el estadio de Lusail y Argentina yacía sobre la mesa de autopsias. A esas alturas, un gol mexicano les mandaba a casa en fase grupos y con un encuentro por jugar, tal vez el mayor fracaso de la historia futbolística del país. La Albiceleste tenía que nadar y guardar la ropa cuando Messi, que andaba disimulando en la frontal, recibió la pelota con un metro de césped por delante y el lapso de un segundo para armar la pierna. Para el resto de mortales una cárcel ínfima, un instante fugaz; para Leo, un universo de millones de posibilidades alternas. Más que suficiente para sacarse un golazo de su repertorio e insuflar de nuevo vida a un vestuario que, como el propio capitán confesó tras el batacazo ante Arabia Saudí, venía "muerto". Un destello luminoso con su bota izquierda que sirvió para liberar a la 'Pulga' y de paso a todos sus compañeros, pero también a millones de argentinos que perdieron los estribos por todo el orbe.

El fútbol es el deporte más popular del planeta por victorias como la del equipo asiático ante Argentina: la 51ª del ranking FIFA se cargó a la Albiceleste de Messi, que llegaba al Mundial tras 36 encuentros invicta, como vigente campeona de América y máxima favorita en el desierto del Golfo Pérsico. El partido quedará en los anales de los Mundiales. El príncipe Bin Salman (sí, el que presuntamente mandó trocear a Jamal Khashoggi), regaló un Rolls-Royce a cada uno de los futbolistas saudíes. Los sudamericanos, por su parte, recibieron su ya habitual remesa de insultos en mayúsculas y, lo que es peor, un terrible varapalo moral: "Fue muy duro porque no esperábamos empezar de esta manera", se sinceró Leo en calidad de capitán. ¿Hasta dónde llegará ahora el equipo? Aún queda el escollo de la Polonia de Lewandowski y, tras ver a selecciones como Brasil, Francia, Inglaterra o España, el globo argentino parece haberse desinflado.

El segundo partido ante México era una final anticipada y fueron los nervios los que jugaron. Rodrigo de Paul firmó otra tétrica actuación y de nuevo Enzo Fernández revolucionó el juego con su entrada al campo. El tanto de Messi fue como un conjuro: las piernas se soltaron, volvieron las sonrisas, la grada se desbordó en un grito único. El realizador enfocó entonces a Pablito Aimar, segundo de Scaloni e ídolo de Leo, cuya reacción al gol ilustró el estado de ánimo de todo un país que se sacudía fantasmas. Era un encuentro con ecos del Argentina - Nigeria de Rusia 2018; aquel día fue Maradona quien casi murió infartado en el palco. Minutos después, Lionel el pecho frío se volvió a echar el peso de toda una nación a la espalda con el pase a Enzo que supuso el segundo y relajante gol, convirtiéndose de paso en el primer futbolista que da al menos una asistencia en cinco Mundiales.

Sencillamente, era demasiado pronto para irse de la Copa del Mundo. Hasta el gol de Leo, había pasado una hora de partido y los minutos empezaban a hacerse líquidos, escapándose entre los dedos argentinos. ¿Iba a terminar así la carrera de Messi, con tan estrepitoso fracaso, sin ni siquiera un último baile? El fútbol, es decir Lionel Andrés Messi Cuccittini, se resistía a claudicar de una manera tan triste. Su locura tras colocar el balón en el ángulo más lejano de Ochoa fue memorable; cuando pudo desembarazarse de la melé de compañeros, se intuían lágrimas en sus ojos. El '10' seguía extático, lanzando besos a la grada, con los brazos abiertos, gritando. También dirigió unas palabras al cielo de Lusail, quizá para el Diego, fallecido hace dos años y un día. 'Messi, ciao', se mofaron los hinchas brasileños tras la estrepitosa derrota ante los saudíes. Pero aquí sigue Leo, como un Jon Snow redivivo que se resiste al más allá tras alzarse sobre su lecho.

Después de las tres finales perdidas, la victoria en la Copa América de 2021 se celebró más por su capitán que por el equipo en sí. Y ayer sucedió igual; se interpretó como un acto de justicia hacia su jugador más emblemático. Con el pitido final, la 'Pulga' sollozó sobre el césped y todos corrieron a abrazarle. Ya en el vestuario, borrachos de euforia tras su redención, se olvidaron del quilombo en el que se habían metido entonando 'En Argentina nací', el cántico viral de la afición albiceleste para Qatar: "Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar, quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial. Y al Diego en el cielo lo podemos ver, con don Diego y con la Tota, alentándolo a Lionel". El propio Messi, transfigurado en un metafutbolista, una leyenda viviente que todavía da patadas al balón, se jaleaba a sí mismo entre risas. La tensión había quedado lejos y el sueño de bordarse la tercera estrella, 36 años después, seguía intacto. Leo, que quizá ha dejado atrás sus mejores años, no iba a dejar que esto se acabara así como así. Messi no se va a ninguna parte todavía y su Argentina sigue muy, pero que muy viva.

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