Cádiz, Andalucía

Me imagino Vejer como una mujer muy hermosa, una pintora, romántica y profunda, que con la puesta de sol llega cada día con su caballete, la tela y los colores para intentar plasmar la belleza de aquella larga playa, de ese mar, de ese cielo que evoca grandes amores.
Nada más bajar del coche empezamos a caminar junto a las blancas fachadas, por las calles estrechas, y esa blancura me envolvió, me cautivó, me guió. Era como si escuchara sus palabras, fascinado, caminando sobre el empedrado a veces interrumpido por una planta, por una magnífica fuente de estilo arabesco, por la imagen de una virgen. Me contaron la historia de un balcón tapiado
por un padre celoso y las ganas de suhija por disfrutar de la vida, de una mujer casada con un príncipe de Marruecos que, presa de la nostalgia de su amada y maravillosa Vejer, hizo que su marido la reconstruyese con todo detalle en un pueblo de Marruecos. Seguí subiendo por la montaña, de 200 metros de altura sobre el nivel del mar, a 8 kilómetros de la costa, sobre la orilla del río Barbate. Después entré en una villa desde la que se disfrutaba de todo el panorama: el casco antiguo fortificado, el castillo medieval, el arco
de la Segur, la iglesia del Divino Salvador, el santuario de Nuestra Señora de la Oliva…, hasta perderse desde allí arriba en retazos de la costa del Océano Atlántico. Me quedé en silencio, acariciado por una templada brisa, escuchando el tranquilo y firme palpitar de Andalucía. Un poco más tarde, cuando bajé de la blanca ciudad hacia la larguísima playa de El Palmar, me enamoré del lugar. Me imaginé el mar que tenía ante mí, tan tranquilo en ese momento, en las situaciones más diversas.
Lo vi azotado por el viento, revuelto, con tormenta, pero siempre cristalino, y también quieto, inmóvil, reflexivo, y acompañado por la cálida puesta de sol, espléndidos culpables en su infinita belleza de quién sabe cuántos amores. Y ese aire andaluz, el sabor del gazpacho recién hecho, el perfume de jazmín, me hicieron cerrar los ojos y soñar con ese beso tan atormentado...
Guipúzcoa, País Vasco

Esta ciudad es como una chica salvaje, con el pelo castaño, rizado, que se mueve bailando, siempre descalza, siempre acariciada por el viento, con su ropa de zíngara, casi agitanada. Es el último reducto antes de la frontera con Francia, separada de la cercana Hendaya sólo por el río Bidasoa.
Pregunto sobre el origen del nombre y me explican que es una discusión antigua: Hondarribia significa «vado arenoso» en vasco, pero también hay quien dice que deriva del nombre español «Fuenterrabía» y, si bien la primera parte, «fuente», resulta clara, no lo es tanto la segunda. Escucho en silencio y sonrío al pensar en esos estudiosos absorbidos por un dilema que no tiene solución.
Después me llevan a la terraza de un espléndido castillo fortificado, el Parador de Hondarribia. Desde allí veo la costa, esa lengua de arena blanca que huye como una peligrosa serpiente hasta Biarritz y aún más allá, perdiéndose en el azul infinito. A nuestra espalda está el mar y una pequeña ensenada. Me cuentan que a veces ese pequeño puerto servía para una embarcación en concreto, la que se ocupaba de dar caza a la ballena de las aguas de la bahía, que tiene el nombre científico de balena viscayensis. La cazaban en otoño, el período de migración hacia las aguas del golfo, utilizando una
barca especialmente equipada y cuatro hombres a bordo, uno de los cuales se ocupaba de lanzar el arpón. . De la ballena se aprovechaba la grasa y la carne, la lengua en particular representaba un plato exquisito y muy apreciado. Más tarde me llevan a la zona de la Marina, el antiguo barrio de pescadores. Las casas tienen unos grandes balcones pintados de rojo, verde o azul, con muchas flores. Debajo hay algunos restaurantes y cafeterías, y algunas barcas de madera están
ubicadas delante como si de vez en cuando alguna noche el mar llegara hasta allí para invitarlas a salir.Y al final entramos en un restaurante donde el amable dueño me hace probar las kokotxas de merluza en salsa verde y el marmitako, y bebemos un vino realmente especial, blanco, frío, burbujeante… que se escancia de una manera que nunca había visto. A continuación subimos a una curiosa
sala en la que me enseña los galardones que ha obtenido y me regala su lengua vasca y su manera de hablar, su sonrisa, su piel impregnada de mar y de sol, y sin siquiera pedirle permiso, acaba en las páginas de mi novela, y eso me hace feliz.
Barcelona, Cataluña

Vic y su alegría, Vic y su belleza. Me la imagino como una chica joven, morena, divertida, radiante; una chica a la que le encanta la moda, a la que le gusta pasarlo bien. Cuando llego, la ciudad me atrapa al instante, nada más bajar del coche
en aquella gran plaza, la Plaça Major, con el suelo de tierra; se nota el carácter, el orgullo de este pueblo. Camino mirando a mi alrededor, intentando captar con los ojos las primeras impresiones. La gente atraviesa la gran plaza, algunos se apresuran como si tuvieran prisa por llegar a algún lugar, otros charlan y sonríen recordando alguna anécdota de la cena de la noche anterior o de
cualquier otra cosa. Enseguida me doy cuenta de que hay muchos restaurantes, bares y cafeterías alrededor de la plaza y cuando llegan las personas con las que nos habíamos citado me cuentan que allí el sábado montan el mercado y la plaça se llena de gente en una gran mezcla de olores y sabores, porque venden verduras, flores, y también ropa y electrodomésticos. Entonces empezamos a caminar, miro los edificios antiguos, la cuidada iluminación y, agradablemente distraído, me pierdo por esas calles
que se van alejando de la plaza en todas direcciones. Veo el Palacio Episcopal, erigido junto al recinto de la catedral, el templo romano, el convento de Sant Domènech y la iglesia de la Pietat. Me impresionan mucho. Al final entramos en un precioso restaurante. Está excavado en la roca, uno tras otro se suceden los comedores decorados con madera antigua. Las salitas son todas distintas y el aroma que llega de la cocina, enfrascada en las comidas de mediodía, es como
si me guiase hasta aquella última sala. En ella hay una gran mesa de madera y las ventanas dan a un pequeño patio. Aquí es donde encuentro la magia de algunas páginas, de esas escenas que simplemente había imaginado y no conseguía situar en la realidad.