En unas semanas tenemos elecciones y comenzarán a llovernos las promesas de un mundo mejor (“gracias a mí, créanme, señores, yo no miento”), donde los gobernantes asegurarán, mientras besan a jubilados e infantes en mercados y plazas de barrio, que lo que ellos han hecho cuando gobernaban no era por su culpa sino porque, en fin, son cosas que pasan, pero que ahora sí le digo yo señora que si me vota voy a hacer todo  lo que no hice en los últimos 8 años, déjeme que la bese, mire como voy en mi bici, aquí estoy montando en Metro ¿quiere sacarme una foto para subirla en Facebook? Claro que sí, mujer.

 

De momento estamos en el precalentimiento, en el jijí jajá de qué guapo soy, qué tipo tengo. Asistimos un tiovivo de políticos que aparecen en bucle en todas las cadenas de televisión a todas horas. Desde la ranciedad más chusca de María Teresa Campos al buenrollismo de El Hormiguero, pasando por el dardo afilado de Ana Pastor y el Gran Wyoming, a la cocina de Bertín Osborne, nuestro Mitch Buchannon español, que de un tiempo a esta parte sale en todos lados porque ha sacado un disco nuevo para goce y deleite de las marujas del planeta. Los políticos siguen girando en esta noria, los focos iluminan sus sonrisas, blancas como sus camisas, puras como sus palabras y como  el cielo limpio que brilla sobre ellos cargado de arcoíris y unicornios que celebran el mundo ideal que verá la luz cuando introduzcamos nuestro voto de confianza en esa vagina de metacrilato que es cada urna, vientre gestante de ilusiones… y decepciones. Pero las luces se apagan, los aplausos del público se desvanecen y nos queda el sabor agridulce de aquella canción de los años 80, o 90, da igual. Las decepciones volverán a instalarse y, cada cuatro años, regresarán los ecos de aquellas promesas que no valen nada, que, como cantaban Los Piratas, se perderán en estas cuatro paredes como lágrimas en la lluvia. Las palabras de uno y otro político se mezclan entre sí, los rostros se funden en uno indefinido, igual a todos. Los símbolos y las ideologías son uno. Nadie se diferencia de nadie. El tiovivo gira solo, nunca se detiene. La música que suena son aquellos versos, que acuden como una letanía, como una disculpa, como una confesión: "invento más de mil palabras, busco una verdad, intento que suenen de forma genial. Intento que no digan nada. Nada es siempre toda la verdad. Nada significa nada."