Esta semana Obama vino a España. Dicen que fue por un acto diplomático, pero la verdad es que vino porque sabía que aquí si sale a la calle no le va a disparar un policía. Lo que pasó es que su visita fue demasiado fugaz, una especie de Bienvenido Mr. Marshall Spanish remake: una comitiva de 150 coches cruzando Madriz a toda velocidad mientras los informativos y periódicos jaleaban su llegada con banderitas y guirnaldas. El presidente llegó el sábado por la noche y se fue el domingo por la mañana, como los guiris que hacen viajes express desde Reino Unido a Ibiza para ir de marcha y volver de empalmada con los primeros rayos y rayas (eso suponiendo que entre medias no se hayan quedado muñecos por hacer balconing, claro.) Obama justificó sus prisas con que había varios actos en memoria por las revueltas de Dallas, pero yo estoy convencida de que, cuando le dijeron que el plan inicial era pasar el domingo en Sevilla, directamente se cagó en los pantalones:

 

Y es que el racismo allí forma parte del día a día, como la celulitis, la piel de naranja, o la obesidad mórbida. Sin ir más lejos, a Cruz Roja le han llovido mogollón de críticas por un cartel donde advierten de cosas que no deben hacerse en las piscinas… y resulta que los que hacen todas las cosas malas son negros.

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Incluso la tienda Walmart también recibió lo suyo hace un par de años por poner una Barbie negra en oferta:

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En fin, os dejo porque no quiero herir sensibilidades y además tengo una cena este viernes y tengo que ir a comprarme un vestido negro. Perdón, afroamericano.