Llevamos varios días escuchando a contertulios que saben de todo y saben de nada criticar el nuevo acuerdo al que ha llegado la Unión Europea para expulsar a los sirios que huyen de las guerras. Un plan ideal para que no nos molesten en las calles con sus ropas sucias y sus niños llenos de mocos, que nos afeen las fotos turísticas que luego vamos a compartir en el Feisbuk, ni les ensucien sus caros trajes hechos a medida porque luego mancharán sus caros aviones privados con los que viajan por Europa pidiendo dinero que luego repartirán —y oportunamente lavarán— entre sus amistades. La medida recuerda a aquella de Susanita, la amiga de Mafalda –no la Susanita de los payasos de la tele, aunque a la vista de cómo actúan estos políticos, son más payasos que Miliki, Gabi, Fofito y Milkito—:

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La UE ha añadido que por cada vida humana devuelta a Siria (como quien devuelve un jersey en una tienda) la UE acogerá otro refugiado, y que para lidiar con todo llenarán Turquía de miles de millones de euros. No explican qué pasa con los cientos de miles de hombres, mujeres y niños que malviven hoy en barrizales sin agua ni comida, ni a qué se destinará ese dinero. Qué más da, para países como Grecia o Francia toda esa gente son, sencillamente unos ilegales, unas ratas que han entrado en su preciosa cocina de diseño. Alfombremos Turquía de millones de euros y guardemos todo debajo, ¿verdad Susanita? Las primeras reacciones han sido contundentes, y no precisamente de los políticos sino de la policía turca, que a porrazos ha expulsado a quienes en una miserable barca llena de agujeros tratan de poner a salvo a sus hijos, con un chaleco salvavidas que no hace honor a su nombre, pues no es más que un vulgar trozo de tela mercadeado por un traficante de vidas. Refugiados que pagan el viaje con sus escasos ahorros o con sus relojes, como puede verse en el estremecedor y necesario documental emitido por La Sexta sobre los voluntarios de Proactiva Open Arms en la frontera, donde atrapan a un traficante de refugiados que atesoraba decenas de relojes como forma de cobro. Por favor, vedlo.

 

Y en medio de críticas, quejas, debates en televisión y fotos de premio Pulitzer, nos llega una imagen que ha dado la vuelta al mundo precisamente por dar la vuelta al objetivo: La otra crueldad, la de los fotógrafos que retratan el dolor. Mientras los refugiados cruzan un río helado con destino a ningún lugar. Sea el que sea, siempre será mejor que el lugar de origen. Decenas de paparazzis del dolor manteniendo el equilibrio en las orillas fangosas por captar el dolor, los cuerpos tumefactos por el frío, los niños gritando de angustia y hambre. Nadie ayuda. Nadie se desprende de su anorak North Face con forro polar, ni de su cara ropa térmica para entregarla y arropar a los refugiados. Tenemos que conseguir el Pulitzer, entiéndalo señora. A ver, grite más fuerte, y póngase un poco de barro en la frente que la otra foto me ha salido un poco borrosa y quiero ser portada mañana que me pagan más.

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Me recuerda a aquella otra imagen de 1993, premiada con el Pulitzer, también, de un buitre aguardando paciente su bocado: una niña famélica en Sudán.

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Su autor, Kevin Carter, se suicidio un año después, con sólo 33 años. Puso una manguera en el tubo de escape de su jeep y el extremo opuesto en la ventanilla del conductor. Junto a él, una nota de despedida confesaba que vivía perseguido y atormentado por las imágenes que había retratado. ¿Qué imágenes perseguirán a los políticos de la Unión Europea, a los policías que impiden la entrada de refugiados, a los fotógrafos que, como Kevin Carter, pelean por unos megapíxeles de gloria? ¿Sentirán orgullo al regresar a su avión privado, al cuartel donde se lavarán las manos de sudor, barro y sangre, al laboratorio donde imprimirán sus trofeos de caza, al calor de su casa? O sentirán, como yo siento ahora, asco. Puro y simple asco.