El sábado se celebraron los Premios Goya, un derroche de humor y espectáculo que me tragué enterito para resumíroslo y que paséis conmigo el calvario que me tocó sufrir. En primera fila estaba Tim Robbins, que asistía a aquel bochorno pensando que era más placentero el río de mierda que atravesó para salir de la prisión de Shawshank. También Isabel Preysler, más estirada que la piel de una pandereta, incapaz de sonreír abiertamente a riesgo de que se le abriesen las carnes y se pelase viva. A su lado Vargas Llosa, claro, aunque no estaban para recoger el Goya a Mejores Efectos Especiales por los retoques semanales con Photoshop que nos regala ¡Hola!; es que el nobel entregaba el Goya al mejor guión original. ¿Qué por qué? Porque sí, como todo en esta gala. Sin guión, sin orden, ni concierto.

 

Bueno, conciertos sí hubo: tambores de Calanda (¿?),números musicales que hacían que Stephen Hawking tuviese el ritmo de Gene Kelly, y Serrat cantando. Serrat en vaqueros. En una silla. Con cuatro señores al lado tocando. Todos igual de iluminados. Como si estuviesen en el salón de su casa. Se veía más al del fondo de la guitarra que a Serrat. Muy loco todo. Dani Rovira trataba de amenizar echando mano del manual “El perro Mistetas y otros chistes para que te abran la cabeza” y deleitaba al respetable con chistes como “Pacto Donald” y decirle a un invitado gordito que era como El Piraña de verano azul. El descojono padre. El realizador, como en años anteriores, enfocaba a cualquier cosa, sin ritmo ni lógica alguna. ¿Una señora por ahí perdida? Hazle un gran primer plano y a correr. ¿Las escaleras del centro del auditorio llenas de botellines de agua abandonados? Venga, también (esto es cierto, ojo). Y así tres horas y media. Aquello era más lento que ver cómo se seca la ropa. También hubo un vídeo con la gente que ha muerto, y a algunos se les aplaudía y a otros no, porque en España somos así: hay muertos de primera y de segunda. A Lina Morgan la aplaudieron mucho. Si un familiar mío saliese en el vídeo y no le aplaudiesen yo me pondría muy triste.

 

Hablando de aplausos, un momento glorioso de la noche fue cuando el pobre Tim Robbins tuvo que ponerse a aplaudir a Ozores, al que dieron el Goya honorífico. ¿Os acordáis de Ozores? No el que hablaba raro en el “Un, dos, Tres” ese era el hermano. El premio fue para el culpable de aquellas películas lamentables con Pajares y Esteso, que gritaban mucho y hacían chistes sobre Suárez y Carrillo y de pronto se colaba en el plano una enfermera en minifalda a la que se le salía una teta. Pues al autor de esas aberraciones le dieron un Goya y todo el mundo venga a aplaudir como si fuera Lubitsch. A lo mejor lo que querían darle era el Goya Horrorífico. Y aquel disparate seguía y no se acababa nunca y el realizador enfocaba una y otra vez a Isabel Preysler, la única que miraba fijamente con media sonrisa. Pero lo que ni el realizador ni nadie sabía es que Isabel hacía dos horas que se había dormido, lo que pasaba es que no podía cerrar los párpados.