13 de julio Regresamos del Caribe a Villa Meona, la casa de Isabel en Madrid. El apodo se lo dio la prensa, pero admito que me he acostumbrado a él: 64 cuartos de baño y 15 dormitorios, además de tres comedores, dos salones (uno de invierno y otro de verano), un home cinema, una cocina para carnes, otra para pescado (para no mezclar olores), una tahona donde también hacen pasteles, una biblioteca, un gimnasio, y tres piscinas, una cubierta, otra al aire libre, y otra pequeña de 20x6 metros para bañar a las mascotas. Como pierdas las gafas por la casa estás jodido. Tenemos cinco doncellas, cuatro cocineros, un jardinero, un paisajista, un piscinero, dos chóferes, un guardés, un vigilante jurado armado que se turna cada 12 horas con otro, y a Fermín, el fotógrafo de ¡Hola! que nos sigue las 24 horas del día y vive con nosotros. 22 de julio. 12 del mediodía. Enrique [Iglesias] ha venido a visitarnos. Tiene una depresión de caballo. Le dijeron que había vendido 150.000 copias de su último disco, y al abrir un armario de Villa Meona le han caído los 150.000 CDs encima, que su madre había mandado comprar en el Corte Inglés de Castellana. 22 de julio. 5 de la tarde. En mi estudio, escuchando a Beethoven, a la caza de la inspiración para un artículo que debo entregar en una semana. Enrique abre la puerta. Tiene los ojos llorosos. Me dice "estoy super depressed, tío". Está buscando su jersey, aquel de mangas muy largas que le dio la fama. Se lo pone cuando tiene stress y dice que le da seguridad. Pregunta qué escucho. Le digo que Beethoven. Me dice que le encantaban sus películas y que se reía mucho con las aventuras de aquel perro San Bernardo. Le digo que no he visto su jersey. Sale. Fermín aparece de debajo del escritorio y pregunta que si me echa una mano con el artículo.

Imagen no disponible | Montaje

28 de julio Sigo buscando la inspiración. Estoy en el baño nº 32 haciendo de vientre. Llevo un planito en papel para no perderme por la casa. Un día no había papel higiénico y tuve que limpiarme con el planito. Al salir, estuve once horas abriendo puertas hasta que logré llegar a mi estudio. 30 de julio Enrique lleva una semana encerrado en la buhardilla acariciándose contra su jersey. La doncella le pasa lonchas de jamón por debajo de la puerta. Isabel ha pagado a El País, El Mundo, ABC y La Razón para que desmientan los rumores de fracaso, y publiquen que está haciendo una gira mundial y vendiendo la de Dios. Una hora después todos los medios alaban el nuevo álbum de Enrique,  destacan el gran éxito de crítica y público, y la SGAE le entrega un disco de Uranio por las ventas conseguidas y, media hora después, otro de Kryptonita. ¡Hola! publica un reportaje de 16 páginas con fotos hechas por Fermín de fans al borde del desmayo. En portada, Isabel. 2 de agosto Me he dejado el planito en el bolsillo del otro pantalón. Pucha. Salgo del baño nº 47 y llamo desesperado a Fermín. Fermín estaba metido en la ducha, junto a mi retrete. Me guía hasta mi estudio en un pispás. 4 de agosto Ha llegado Tamara. Pasará un mes con nosotros. Me sigue confundiendo con Gabriel García Márquez.  Me enseña su nueva mascota. Un koala que tiene agarrado a su brazo y que mastica una ramita con hojas. Me dice que lo ha llamado Lumpur, como la ciudad. Me pregunta si me gusta el nombre ¿te gusta el nombre, tío Gabo? Le digo que mucho. A Fermín también le gusta mucho. Sigue sin llegarme la inspiración. 8 de agosto Por fin me hallo escribiendo al frente de mi vieja Olivetti. Las teclas resuenan en el estudio como una certera balacera que cincela la celulosa con cadencia castrense. Fluyen verbos y adjetivos, formando un ejército de frases que avanza imparable. Me gusta, me gusta. Golpeo la palanca de retorno de carro y suena el timbre que me insufla la adrenalina para continuar el combate. No bien un fierrito termina de impactar contra el papel, otro le sucede de inmediato en un sensacional uppercut que noquea sin descanso el blanco folio. La tinta se derrama a borbotones. Me siento eufórico. Tecleo. Suena el móvil. Detengo la escritura. Es un WhatsApp de Isabel. -Mario, Enrique está preveyendo volverse a Miami. Dijistes que no tenias compromisos hoy. Podemos comer con el y luego haber si vamos al cine y vemos que ahi. Dudo entre responder o continuar con la escritura. Aguardo unos segundos. Se me ha vuelto a ir la inspiración. Pucha. Lloro bajito.