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Un cuento de Navidad

Un cuento de Navidad

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Tras un sueño intranquilo, Rogelio se despertó agotado. Otra vez. Le resultaba muy difícil descansar debidamente en gravedad cero. Había vuelto a soñar con murciélagos durmiendo, y no era capaz de decidir si los había imaginado boca arriba o boca abajo.

Estar solo en una estación espacial por Navidad parecía una idea mucho mejor desde la superficie de la Tierra, con su deliciosa gravedad de 1g. Ahí arriba –o abajo, según se mirase–, con todo flotando, se preguntaba por qué diablos había decidido algo tan absurdo como presentarse voluntario para esta misión espacial.

Y, sin embargo, sabía muy bien quién era el responsable último de su decisión: su padre. O mejor dicho, la rebeldía contra la figura de su padre. Su maldito padre se había hartado de decirle que de mayor sería un gran futbolista, o un gran cantante de pop; o, en fin, algo grande y que requiriese poco trabajo y luces.

Rogelio nunca tragó con ello, y decidió darle a su padre una lección que no olvidase jamás. Cursó simultáneamente matemáticas puras, ciencias físicas y –ahí ya bajó el listón– comunicación audiovisual. En todas ellas sacó matrículas sin aparente esfuerzo. Y ahí estaba, en la agencia espacial más prestigiosa del mundo, admirado por sus colegas, tripulando una estación espacial y... solo. Maldita sea, qué solo estaba. Y sin una décima de gravedad que llevarse a los pies.

Un panel de control empezó a zumbar levemente, una lucecita del cuadro de mandos destelló con timidez. El ordenador de a bordo le indicó que se había detectado un cometa imprevisto que pasaría cerca de la estación. Rogelio sintió un amago de emoción: por fin pasaba algo que no fuera volver a ver África desde las alturas –o bajuras, dependiendo del punto de vista.

Rogelio se dirigió hacia la Pantalla de Seguimiento de Objetos Imprevistos y tuvo ocasión de admirar un precioso cometa de cinco puntas, con una cola majestuosa, todo ello en un delicado color plata. Sólo le faltaba un abeto debajo para ser perfecto. "Feliz Navidad", pensó para sí, con cierta amargura.

De pronto, montones de lucecitas y zumbidos le dieron a entender a Rogelio que el cometa imprevisto pasaría jodidamente cerca de la estación espacial. Una luz especialmente grande y roja parpadeó a una frecuencia imposible para indicarle que, según los cálculos más recientes, el cometa en realidad tenía la intención de pasar a través de la estación espacial. Rogelio procesó la información y comprendió con gran rapidez y en cascada una serie de cosas:

1. La estación espacial estaba en esos momentos ocupada por él.

2. Era altamente improbable que él y el cometa pudieran coexistir en un mismo punto. Teniendo en cuenta la mucho mayor masa del cometa, sería su fin –el de Rogelio; no se engañaba en este punto.

3. En compensación, al final no tendría que pasar la Navidad solo. Ni acompañado, ya puestos. En cierto modo, era una mejora.

4. Bonus track: el asunto revestía toda la gravedad que había echado de menos en las últimas semanas. Al menos se llevaría eso.

La última comunicación recibida en el centro de control en la Tierra era un susurro que decía: "Jódete, papá".

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