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Tener (o ser tenido por) gatos

Tener (o ser tenido por) gatos

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Ah, los gatos. ¡Son tan monos! Especialmente si no hay bebés cerca para comparar. Un gato es un síndrome de Stendhal portátil de comunión con el mundo animal. Son silenciosos. Son –parecen– cariñosos. No necesitan sacar a pasear a su dueño tres veces al día. Son peluditos y tienen los ojos grandes. Son como peluches pero con algo más de interactividad. Tener un gato es como tener un tigre bonsái. Los pisos actuales son, en promedio, demasiado pequeños para albergar a un tigre de tamaño medio. Por otra parte, el tamaño y habilidades del tigre lo inhabilitan para mantener con él una relación estable, debido a su tendencia a resolver las situaciones tensas que se dan en la convivencia a base de zarpazos y mordiscos en la aorta y en la médula espinal. Casi todo lo que hacen los gatos es gracioso, cosa que lleva de forma natural a abrirse una cuenta en Instagram para mostrar toda su panoplia de recursos: el gato mirando, el gato durmiendo, el gato jugando con una brizna, el gato sin hacer nada. En definitiva, el gato entreteniendo el tedio de su presunto dueño. Si un gato no es suficiente para llenar una vida realmente irrelevante, puede doblarse la dosis. Dos gatos potencian la diversión, debido a que establecen entre sí una relación basada en bufidos, colas erizadas y miradas dignas de la escena final de un western. El principal peligro de tener dos gatos es la adicción: si se incrementa el número de gatos en casa se cae en un estado de locura irremediable. El único problema realmente serio que presentan los gatos es definir quién es el dueño y quién la mascota. El gato tiene el superpoder inmisericorde de hacernos sentir sus esclavos, y además –y aquí es donde actúa su don– nos gusta. Porque hay que reconocerles que, con los tiempos que corren, tener un amo de grandes ojos, mirada interesante, que hace poco ruido y que se contenta con que solo se le moleste cuando le apetece es un chollo.

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