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Se ha vuelto a morir el quinto beatle

Se ha vuelto a morir el quinto beatle

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De vez en cuando se muere el quinto beatle. Y es que en realidad “el quinto beatle” es una categoría, no un individuo. Ser el quinto beatle significa ser alguien que ha convivido el tiempo suficiente (más de diez minutos) con uno o más Beatles. Excepto en el caso de Yoko Ono, que vendría a ser la Némesis del quinto beatle; y de los cuatro primeros. Los griegos antiguos decidieron que sus dioses vivían en el Olimpo, un lugar lo bastante alejado como para que no bajasen a molestar. Sin embargo, los dioses tenían tendencia a abandonar su morada para tocar las narices a los pobres seres humanos. Hemos evolucionado, y ahora tenemos a los dioses en sitios más inaccesibles, como la alfombra roja de los Oscar. Les llamamos celebridades, y no suelen entrometerse en nuestras vidas para atormentarnos. Excepto, tal vez, Yoko Ono cuando canta. La función de las celebridades es mostrarnos cómo podrían ser nuestras vidas si, de pronto, nosotros no fuésemos nosotros sino ellos. Cumplen los principales requisitos para fundar una religión: les pasan cosas increíbles (solo hay que ver a Cher o a Sylvester Stallone) y para verlos en acción hay que pagar. Suelen ser físicamente atractivos y despertar en los fieles unas irresistibles ganas de ser como ellos (de nuevo, exceptuando tal vez a Yoko Ono, incluso cuando no canta). Siempre necesitaremos modelos: de aspecto, de conducta. Las celebridades están ahí para llenar ese hueco, y las usamos como espejo para arreglarnos cada mañana y salir de casa dispuestos a sobrevivir. Y es que, si hablamos de supervivencia, es imposible no rendir un sincero homenaje a una celebridad que encarna como pocas las ganas de seguir viviendo sin motivo aparente: Yoko Ono. Albricias.

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