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Los nuevos salones de lectura

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No falla: entras en un transporte público, ya sea autobús, metro o tren, y te lo encuentras lleno de gente mirando las pantallas de sus teléfonos móviles. En realidad la mayoría están leyendo (mensajes cortos, de acuerdo, pero leyendo). Sin embargo, se ha perdido la sana costumbre de leer de verdad aprovechando el tiempo del trayecto. Acuden a mi mente imágenes de cuando las pantallas de los móviles aún no nos habían invadido. En aquellos buenos viejos tiempos, era normal ver a los pasajeros leyendo pesados libros, muchos de ellos Coffee Table Books, y otros con largas y sesudas joyas de la literatura. No faltaban quienes comentaban con su compañero de asiento las últimas páginas leídas de “Los hermanos Karamazov”, por ejemplo. O los sutiles acontecimientos de “Guerra y Paz”. No eran pocos los que discutían, mientras saboreaban una generosa copa de coñac francés, sobre los círculos del infierno en “La divina comedia”.

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En aquel entonces, era posible fumar en los autobuses y en los vagones de tren. La población se organizaba sabiamente alrededor de sus hábitos favoritos. En un rincón se podía ver a un grupo de pasajeros que, tras haber arrancado discretamente los asientos, habían formado un corro en el que fumaban plácidamente en pipa y se pasaban incunables de mano en mano, acompañados siempre de certeros comentarios. En otro rincón era posible ver, en pie, a círculos de fumadores de caros puros habanos que departían con fluidez sobre la influencia de Walt Whitman en la obra de García Lorca. La zona central del vehículo solía quedar reservada para los ávidos fumadores de cigarrillos, que amenizaban el viaje con agudos comentarios sobre las últimas publicaciones de la Editorial Bruguera. Finalmente, en el rincón más alejado de las volutas de humo, era un espectáculo ver a los esnifadores de rapé, con sus preciosas cajitas, hablando del tiempo, el yoga y la homeopatía. Qué tiempos. Ahora todo aquello ha pasado, y nos quedan apenas los rescoldos de lo que fue una civilización próspera y cultivada. Ahora todo va deprisa. Ahora tan solo es posible oír a algún chino hablando a gritos por teléfono. Ahora la gente está leyendo absorta mensajes cortos, posiblemente redactados desde el vagón de al lado por otra gente que, otrora, estaría leyendo y comentando las páginas de política internacional del Washington Post. En fin, “todo pasa y todo queda”, como dijo un usuario de WhatsApp anónimo. MÁS SABIDURÍA DE PETETE: Caminar por la ciudad

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