Liopardo

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Los insondables peligros de la vida en una pasarela

Los insondables peligros de la vida en una pasarela
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Por razones que no vienen al caso, en mi vida he visto montones de desfiles de moda en las más diversas pasarelas. Habré visto más de tres. O tres. Por la tele. Entendámonos: en vídeos. No tenían demasiada resolución. Pero no quiero aburrir con detalles que no aportan nada. El caso es que sé de qué hablo: hablo de seres humanos que caminan de formas raras por unos pasillos estrechos y elevados, que han dado lugar a preciosos videojuegos tipo "Tomb Raider", en los que la gracia está en que el personaje no se caiga de la pasarela, a diferencia de los desfiles de moda. Son seres humanos, sí, pero nadie ha dicho que sean normales. En primer lugar, nadie los ha visto en libertad. Uno no va por la calle pensando en sus cosas y de pronto se cruza con una top model tirando de un carrito de la compra con una barra de pan bajo el brazo. Cosa que tiene su lógica, pues una somera observación deja claro que para ser modelo de pasarela uno de los requisitos es no comer. Eso que se ahorran. Tampoco es normal la forma de caminar. A ver, las pasarelas no son salones de baile, pero se puede transitar por ellas con cierta holgura. Pues no: el juego va de andar como si la única zona segura fuera una delgada línea imaginaria que corre a lo largo de la plataforma. Lo que no entiendo es por qué no dejan circular a las modelos con una maroma, accesorio este que dotaría de mucho mayor realismo a la delicada maniobra. Por si no fuera suficiente castigo transitar sobre una cuerda imaginaria, mirando al infinito con la seguridad de que será él quien se aparte, sin haber comido nada sólido en meses y cargadas con ropa imposible, las modelos se ven obligadas a hacer el vía crucis con unos tacones en cuya cúspide el agua hierve a 60 grados. No son solo las modelos; también están los modelos. Pero solo de pensar en unos seres humanos de género masculino que deben pasarse el día en el gimnasio para tener unos paquetes musculares envidiables y que luego lo más pesado que tendrán que levantar sean unas bermudas y una camisa hawaiana que ni siquiera Magnum osaría llevar mientras imitan con poca fortuna los andares de un preadolescente del Bronx, solo de pensarlo, decía, se me forma un nudo en la garganta y no puedo seguir. Cuánto sufrimiento, y sin ninguna ONG que les respalde. Este mundo a veces es cruel hasta la exquisitez.

Petete Potemkin | Madrid | 27/02/2018

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