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La autoayuda y la madre que la parió

La autoayuda y la madre que la parió

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Partamos de una posición sólida: la autoayuda es una memez. Libros, artículos, canciones, frases inspiradoras sobre fotos en blanco y negro... Vamos a ver: si de verdad es “auto”, ¿a qué viene todo ese ajuar? Para creer en la autoayuda hay que ser un analfabeto funcional. Y sin embargo podría ser peor; de hecho, lo es. Todo lo que se puede leer y oír sobre la autoayuda son medidas y argumentos para hacer lo que te apetezca, y para demostrar que lo que apetece es tener una especie de vida. Lo que vendría a ser un egoísmo feroz, movido por un motor de ocho cilindros en V llamado supervivencia. El resto es atrezzo para que parezca poesía. Vamos a ilustrar lo dicho con un ejemplo. Y cuando digo “ilustrar” me refiero a explicarlo con palabras. Dibujo fatal, y nadie en esta sala quiere sufrir convulsiones y perder la vista ante mis espantosos dibujos. De verdad. No hay libro de autoayuda que pueda hacerme dibujar decentemente. No se puede tener todo. Ni siquiera se puede tener lo que uno sueña. A menos que uno sueñe con cosas para las que no vale la pena ponerse a soñar. Veamos el caso del empresario y el emprendedor. Había una vez un empresario que odiaba a sus semejantes, era un usurero avaricioso compulsivo, tenía unas uñas largas y prensiles, y su pelo era más graso que una explotación de fracking. Dicho empresario necesitaba a esbirros que remasen en su galera, pero no soportaba su mera presencia a los remos. No estaba dispuesto ni a tener que aguantarlos una vez al año en una cena de empresa. En medio del bosque vivía el emprendedor. En realidad era un pobre desgraciado. Era lo que en tiempos se denominaba un vagabundo, más tarde ascendió a autónomo y, recientemente, ha conquistado el derecho a ser llamado con su título actual: emprendedor. El emprendedor gusta de ganarse la vida trabajando, pero este plan maestro tiene un pequeño problema: requiere que el trabajo sea para alguien. No todos podemos ser Kafka escribiendo en sus ratos libres y pidiendo a sus amigos que quemen su obra sin leerla cuando él falte. (Inciso: también las podía haber quemado él mismo. Kafka, ¿realmente eras tan perezoso?) Esta fábula, que bien podría ser la peor de toda la historia, me está quedando muy larga. Abreviando, el que te vende autoayuda es el lobo del bosque donde vive la caperucita emprendedora. El empresario sería míster Scrooge. No sé muy bien qué pinta él en este bosque. Tal vez tiene por allí una cabaña de troncos para ir a cazar de vez en cuando. No se entiende muy bien, es una fábula con notables agujeros de consistencia, pero al menos es breve. Algo es algo.

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