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La (aparente) infalibilidad de los números

La (aparente) infalibilidad de los números

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"Información, no opinión". Esta solemne estupidez ha hecho fortuna recientemente en los medios y, por extensión, entre la población activa (entre la población pasiva sigue triunfando respirar a duras penas). “Son datos objetivos”, espeta alguien, normalmente en una tertulia a gritos (si la plaga de las tertulias a gritos le hubiese sucedido al faraón, habría soltado al pueblo de Israel a la primera y lo habría llevado personalmente en brazos a la tierra prometida). Sí, claro; son datos objetivos: en su casa. En cuanto esos datos pisan la calle, se entremezclan con millones de otros datos que van caóticamente hacia todos lados, colisionando y empujándose sin piedad. Y es que se comenta poco que los datos que uno elige no son nunca inocentes. Esos datos han sido cuidadosamente seleccionados de entre gritones de otros datos para que canten la melodía de las esferas al gusto del seleccionador de datos de turno. Cuando alguien da cifras, descarta, oculta y/o desprecia otras muchas cifras, igual de candorosas que las elegidas. “¡13%!”, resuena en el debate, y se obvia que el 58% también tenía buenas bazas para salir elegido, o que el 27% fue obviado por un oscuro episodio acontecido el día antes durante una discusión en la cena. Por no hablar del 47%, que llegó a las cuatro con un aliento que si te lo cuento no te lo crees. Menudo elemento. Sin embargo, el respeto a las cifras avanza imparable. No hay más que ver las profesiones que triunfan actualmente, todas ellas amparadas en la selección de cifras para presentar el menú al gusto del orador: economistas, estadísticos, cabalistas y cuñados en general. Y claro, cuando se produce un choque de cifras, cada contendiente se esfuerza en aportar más y más cifras, episodio que suele verse enriquecido por las distintas operaciones que pueden realizarse con ellas. Uno nunca sabe si tal o cual cifra suma, resta, divide o realiza complicadas integrales porque así Dios lo ha querido o porque un gurú (que posteriormente ha cambiado tres veces de escuela de pensamiento) afirmó que eso era así. O porque sí, que en el fondo suele ser la razón de mayor peso. Y es curioso que, en este marasmo de cifras de choque, el único acto racional que suele funcionar es el argumento de autoridad. “+15,27%”, afirma alguien, ante lo cual otro ente pregunta: “¿Quién ha dicho eso?” Si resulta que lo ha dicho alguien que tiene crédito en el debate, adelante con ello hasta la muerte; si, por el contrario, lo ha dicho un despreciable ser caído en desgracia, ese dato se borra de la memoria, de las grabaciones y de donde haga falta, y quien lo ha citado se ve sometido al ritual alquitranado y rebozado de plumas.

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Alguien podría argüir que, sin embargo, tenemos a nuestro alrededor signos evidentes de progreso humano. Puentes más largos, mejores teléfonos, hornos microondas, palos de selfie. Y es cierto. Pero no es menos cierto que, en el corazón de muchos de esos adelantos, hubo alguien que no sabía contar con los dedos y que, mientras los demás se batían en duelos aritméticos de gran calado, cerró los ojos y se dijo: “Podría probar eso”, y lo hizo, y funcionó. Más o menos. A veces. Las menos, tampoco vamos a engañarnos.

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