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¿Fue Graham Bell el mejor emprendedor de la historia?

¿Fue Graham Bell el mejor emprendedor de la historia?

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El 3 de marzo de 1847 nació Alexander Graham Bell, conocido por ser de origen escocés. Bueno, y por haber inventado el teléfono. Y por lucir una frondosa barba, hasta el punto que se sospecha que unos días era Graham Bell y otros días Charles Darwin, con eventuales episodios de Karl Marx y Alfred Russell Wallace. Graham Bell inventó cosas útiles, como un telégrafo armónico o un sistema para detectar balas en el cuerpo humano, y otras más fantasiosas, como el teléfono. ¡Feliz cumpleaños, Graham! Luego te llamo. Graham Bell odiaba los gritos. Hace años, cuando las guerras de religión se daban entre sapiens y neandertales, la gente tendía a comunicarse diciendo: “Ugh” (la PaleoRAE defendía la grafía “Uj”, pero, al no existir aún la escritura, fue un debate efímero). Con el tiempo el lenguaje fue evolucionando, hasta que llegó el día en el que cuando alguien dijo “Ugh” otro alguien le respondió: “¿Qué has querido decir con eso?” Y así, de forma instantánea, se inventaron los gritos. Paulatinamente se consensuó un cierto orden sobre el uso de los gritos. Se llegó a una convención según la cual se hablaría normal con la gente que estuviese cerca, y los gritos se reservarían para hablar con gente que estuviese lejos. Naturalmente, los definición de los conceptos “cerca” y “lejos” dio lugar a nuevas y sangrientas guerras de religión, que no acabaron hasta la aparición del programa “Barrio Sésamo”.

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Graham Bell, que tenía un fino oído, estaba harto de gente gritando a otra gente más alejada, y se planteó dos posibles soluciones al problema. La primera incluía deportaciones en masa, mucha sangre y dolor, y ocultación de pruebas. La desestimó, tal vez por falta de presupuesto. La segunda solución al problema de los gritos era inventar un chisme que permitiese hablar como si todo el mundo estuviese cerca. Hizo algunas pruebas con telescopios, pero se dio cuenta de que la gente parecía estar cerca pero seguía estando lejos (años más tarde los defensores de la autoayuda se aferrarían a este principio como si no hubiera un mañana). Al fin halló una solución viable. Un día, su madre le llamaba con insistencia para que ordenase su habitación. La buena mujer empezó a llamarle a gritos: “Bell! Bell! Bell! (da capo)” La palabra (“bell” en inglés significa “campana”, no sé muy bien por qué) inspiró al inventor, que imaginó un aparato que sonaría para señalar que alguien alejado quería hablarle. Exclamó “eureka”, mil personas le dijeron que eso ya estaba dicho, y se encerró en su cuarto a investigar. Su madre rezongó. Nos ahorraremos los detalles. El caso es que al cabo de dos horas (Graham era un tipo realmente eficiente) salió de su habitación con un aparatito de doscientos gramos, frontal de Gorilla Glass y parte trasera de aluminio anodizado, botones de encendido y volumen, y cámara frontal y trasera (esta última con flash). Sacó otro idéntico del bolsillo (no era tonto, había hecho dos) y se lo entregó a su madre para que le llamase. Había nacido el teléfono. Siguieron años oscuros, en los que su madre le llamaba a todas horas para que se abrigase, comiera bien o no llegase tarde, y para exigirle que le configurase en el teléfono cosas como WhatsApp o Facebook, mientras Graham intentaba llamar a Dios para quejarse amargamente de su infausto destino. Madre e hijo recuperaron su viejo hábito de gritarse (a pesar del teléfono y de vivir en habitaciones adyacentes). Tras la muerte de Graham, todas las sociedades científicas del mundo acordaron, en homenaje a su inventor, que debía ser obligatorio gritar al usar un teléfono. La tradición sigue vigente. Gracias, Graham.

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