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¿Es la sabiduría popular tan sabia como la pintan?

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Pues no. Lo cierto es que hoy tenía pensado escribir algo un poco más largo, de modo que le daremos un par de vueltas al tema. La sabiduría popular parte de una premisa básica: debe ser breve. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, sentencia. Y, a su vez, contiene una contradicción insoluble: al ser breve, condensada, requiere de un contexto adecuado que la explique, que normalmente requeriría montones de páginas de argumentaciones demostrativas a cada punto enunciado. O sea, que explicado, pierde. Lo de siempre. Veamos un ejemplo ilustrativo, que, quieras que no, siempre entretiene: “Si estás nervioso, imagina a tu auditorio desnudo”. Este bienintencionado principio está muy bien, siempre que se acoten cuidadosamente las condiciones en las que se vive la experiencia. Si alguien está a punto de hablar ante un público adulto que habla el mismo idioma (o cuenta con un buen sistema de traducción automática) (o el orador piensa hablar en signos y los asistentes dominan dicha lengua) (o bien el orador tiene previsto realizar un espectáculo de mímica y el auditorio está advertido y ha manifestado su acuerdo) (que ya son ganas) (pero no es este el tema ahora), pues adelante. Pero si el protagonista de la situación es un maestro de enseñanza primaria y en ese instante se encuentra por primera vez ante sus alumnos, no parece una decisión muy acertada imaginarse que están todos desnudos, a menos que uno sienta cierta tendencia a meterse en un tipo muy concreto de líos. Hay otras muchas situaciones en las que la sabiduría del principio de desnudez queda en entredicho. Si un médico se dispone a llevar a cabo una exploración para prevenir problemas de fimosis a un batallón de marines perfectamente entrenados, es probable que experimente ciertas dificultades para imaginar desnudo a un público que en realidad ya está desnudo. O supongamos que uno tiene que dar un lección magistral sobre hábitos saludables de la vida al aire libre en una playa nudista. Cortocircuito al canto. En resumidas cuentas, uno no puede fiarse ni de la desnudez humana cuando se trata de hablar de sabiduría. Lo más prudente es pasarse las noches señalando la Luna con el dedo y hacer comentarios jocosos sobre los necios que le comenten el mal estado de sus cutículas. El resto es leyenda. MÁS SABIDURÍA DE PETETE: Caminar por la ciudad

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