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Envejecer como un chaval

Envejecer como un chaval

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Vivir eternamente. Pedazo de utopía. La ciencia está en ello, pero no parece que vaya a dar una respuesta inmediata. Y es una lástima, porque si viviésemos eternamente y esperásemos de la ciencia una respuesta a la vida breve, tendríamos más tiempo para esperar dicha respuesta. Ya es mala suerte. A falta de respuesta científica, la publicidad ha tomado el relevo. En distintos anuncios se pueden ver vidas que, si bien no son eternas, para el caso lo parece. Abuelos y abuelas sonrientes, de crucero, en una residencia, triturando un entrecot de tres dedos de grosor, haciendo ejercicio –moderado, menos mal–, caminando sin descanso; todo, siempre, con una amplia sonrisa. Y, a pesar de su aspecto lozano y de parecer que detuvieron el reloj biológico a los sesenta, los anuncios se proponen venderles pasta para que la dentadura no salga corriendo, compresas para las pérdidas de orina, medicamentos contra el dolor, el reuma, el exceso o la falta de azúcar, de vitaminas, de calcio, de minerales solo existentes en algunos asteroides. Creo que los publicistas nos ocultan algo (pista: en efecto). Ante la vejez, la ciencia está en ello (es su manera de decir que le va a llevar un tiempo francamente largo). Sin embargo, en todos los sueños de eternidad, se supone que la alcanzaremos a la edad justa. Nuestro organismo llegará a los veinticinco años, se detendrá en seco y hala, a esperar el Big Crunch con juventud y lozanía. Pero, ¿y si la vida eterna se alcanza al cumplir los noventa años? Tendríamos toda la eternidad por delante, con achaques y dolores surtidos. Qué bien. ¿Y qué pasa si la eternidad nos sobreviene a los dos meses de vida? No creo que nadie quiera vivir en un mundo en el que todo el mundo chilla, llora y berrea, esperando que alguien les cambie el pañal y les amamante. Pero, por si acaso, tenemos a los neocon que, precisamente, están realizando una imitación perfecta de esta hipótesis. A ver si la solución a la vida eterna, como siempre, la tienen ellos.

 

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