Liopardo

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Elogio encendido (y apagado) de la solidaridad

Elogio encendido (y apagado) de la solidaridad
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Qué bonita es la solidaridad, a pesar de la definición del diccionario de la RAE:
  1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.
  2. f. Der. Modo de derecho u obligación in solidum.
Sabemos que la solidaridad es algo mucho más grande. La solidaridad hace posible que compartamos objetivos, anhelos, esperanzas..., y que luego no los consigamos, pero, diantre, hemos conocido a un montón de gente por el camino. Y es que la solidaridad solo suele darse en dos ámbitos: uno, en el de extrema necesidad. Cuando un grupo de gente está lo bastante fastidiado, puede ser que se produzca un gesto solidario que mejore las cosas, normalmente a base de maquillaje. El segundo caso de solidaridad es cuando los participantes tienen excedentes. Cuando se trata de un grupo de personas lo bastante ricas y poderosas, la solidaridad irradia como un potente foco de cañón y deslumbra a gran distancia. Cuando uno tiene de más, puede permitirse grandes sacrificios temporales; al fin y al cabo, son para conseguir mayores ganancias algo más tarde. Los intentos de solidaridad que quedan a medio camino entre ambos extremos suelen ser graciosos y, afortunadamente, inofensivos. Veamos un ejemplo para ilustrar este árido texto. El pasado 17 de abril, el papa Francisco fue a Lesbos a visitar a los refugiados, cuyas precarias condiciones de vida son bien conocidas. Decidió volver con doce refugiados al Vaticano, en un noble gesto solidario. Bien por el papa, por los doce refugiados y, ya que estamos, por el Vaticano y por la solidaridad en sí. La Iglesia católica es jerárquica. El papa, como sucesor de Pedro, tiene las llaves que abren y cierran nada menos que los cielos. Esperemos que no se las deje un día entornadas; los portazos no dejarían dormir a nadie en el universo conocido. Bien. El papa tiene por debajo más de ciento ochenta cardenales. Podría ordenarles (so pena de cerrarles las enormes puertas del cielo) que fuesen uno por uno a Lesbos y se llevasen cada uno una docena de refugiados consigo. Estaríamos hablando de más de dos mil refugiados. La cosa se pone interesante. Por debajo de los cardenales están los obispos. El papa, agitando de nuevo el llavero celestial, podría ordenar a los obispos que hiciesen como los cardenales. De obispos hay más de cinco mil. Cada uno con sus doce refugiados en sede episcopal vendrían a ser más de sesenta mil. Eh, el tema la acogida de refugiados empieza a tomar un cariz verdaderamente interesante. Después de los obispos van los sacerdotes. Son más de 400.000 (paso al formato de cifras porque esto se está haciendo realmente largo). Cada uno, con 12 refugiados: 4.800.000. De pronto surge un nuevo problema: ¡no hay suficientes refugiados! Pero todo tiene solución. Sin duda, algún que otro fabricante, vendedor o intermediario de productos para la guerra podría aprovechar alguna que otra zona inestable del planeta y animar el cotarro para proveer, acto seguido, de refugiados suficientes para que todos puedan ejercer su solidaridad. O bien, también se puede evitar toda esta complicada logística y limitarnos a elogiar el gesto del papa, evitar el efecto contagio de su solidaridad, y pasar a la siguiente noticia en el periódico, que, como siempre, viene cargadito. A otra cosa.

Petete Potemkin | Madrid | 27/02/2018

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