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El verdadero secreto para tener una puntería infalible

El verdadero secreto para tener una puntería infalible

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Petete Potemkin | Madrid
| 27.02.2018 11:18
Guillermo Tell es un legendario ballestero suizo de prodigiosa puntería que en cierta ocasión disparó (obligado –afortunadamente; si hubiera sido por deporte o afición sería más preocupante–) y acertó a una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo a una distancia de ochenta pasos. Años más tarde, por sentencia inapelable del karma, del ying y el yang –estos trabajando en equipo– y otros enigmáticos principios de la naturaleza, una no menos legendaria manzana inglesa se precipitó con no menos asombrosa precisión sobre la cabeza de Isaac Newton, dando lugar a lo que hoy conocemos como la gravedad (antes todo flotaba de forma caótica y molesta). Hace diez años, un grupo de científicos y soldadores de la NASA, equipado con ordenadores y otras cosas de hace diez años, lanzó la sonda New Horizons con destino a Plutón. Una vez más, acertó. El karma estaba echando horas extras y pidió la baja por estrés laboral. Y llegamos al presente (ya estábamos en el presente; es un recurso literario). La sonda New Horizons ha llegado a su destino, Plutón. Después de diez años de vuelo ininterrumpido. A través de montones de kilómetros. Esquivando cosas (en el espacio exterior hay montones de cosas, como planetas, agujeros negros y restos de programas de radio de los cincuenta). Y, diez años después, no solo acierta a dar con su objetivo, que no olvidemos que todo este tiempo ha estado en movimiento, sino que ahora se dedica a hacerle un reportaje fotográfico que, posiblemente, más tarde le venderá a precio de prima de riesgo griega en un álbum encuadernado con piel de cocodrilo del Nilo.

 

La NASA ha divulgado el trayecto y publica puntualmente las fotos obtenidas por la sonda New Horizon. Sin embargo, guarda celosamente para sí el secreto más importante. En efecto, lo que realmente nos gustaría saber es cómo pudo un equipo de seres humanos coordinarse y trabajar en grupo para conseguir estar durante un tiempo indeterminado arrojándose manzanas sobre sus cabezas hasta conseguir que alguno de ellos exclamara “eureka”, se abalanzase sobre el Meccano que tenían a su disposición y, presa de una furia creadora inaudita, montó la sonda que ahora llena nuestros días de solaz veraniego con bonitas fotos de una pelota grande y con manchas.

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