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El no tan maravilloso mundo de los colores

El no tan maravilloso mundo de los colores

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Hace muchos años, siglos incluso, el hombre se dio cuenta de que veía en color. Desde entonces ha elaborado un complejo código para dar significados distintos a los diferentes colores. Así, por ejemplo, el verde significa el sosiego de un verde prado o que se puede pasar en un semáforo; el rojo significa que no se puede pasar en ese mismo semáforo, o que Jason Voorhess está en casa si estás mirando una peli de terror. Sin embargo, los colores puros existen principalmente en el mundo de las ideas. El departamento de diseño de la naturaleza suele inclinarse por gamas cromáticas más apagadas, en especial ocres y grises, con una obstinación rayana en la obsesión. Veamos, si no, unos cuantos ejemplos de coloraciones elegidas al azar. –Cualquier sustancia que colabore en el atasco de un desagüe, fuera cual fuese su llamativo color inicial, acabará tomando un homogéneo color grisáceo. Si vas a desatascar un desagüe, no hace falta que tengas a mano un catálogo de pantone: todo será gris. Siempre. –La roña que se acumula bajo las uñas siempre es negra. No se puede decir que sea de un negro azabache, es verdad, pero hay consenso en admitir que no es un color puro. Aunque un análisis forense revele que dicha roña contiene diamantes mezclados con polvo de estrellas y uranio enriquecido, la sustancia resultante será de un negro moribundo. –La pelusilla del interior del calefactor del baño y de debajo de la cama siempre es grisácea, sea cual sea su origen. ¿Tienes la casa llena de tigres albinos en época de mudar el pelo? No importa: la pelusilla será grisácea. Toda. De forma homogénea. Hasta la locura. –Las palomitas de colores: sean del color que sean, lo que entregará tu sistema digestivo puerta a puerta será de color azul triste. Y si quitamos las palomitas de la dieta, persiste el misterio: ya puedes comerte una caja de ceras de colores esferificadas por Ferran Adrià en persona: la masa resultante encajará en la gama de los ocres. En fin, la conclusión más obvia es que la naturaleza siente una inclinación enfermiza hacia los colores de camuflaje. Sí, la misma naturaleza que inventó los picos de los tucanes y los pelirrojos. Y es que además de sabia, la naturaleza es, ante todo, caprichosa. Ella es así.

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