Liopardo » Petete Potemkin

Liopardo

Duelo de bandas (musicales)

Duelo de bandas (musicales)

Imagen no disponible

Montaje Imagen no disponible

Publicidad

Hace un par de días tuve ocasión de participar en un apasionante duelo entre dos formaciones musicales: una orquesta y un público, ambos bien preparados para el combate. Debo decir que soy en este asunto juez y parte, pues me contaba entre los miembros del público. El espacio destinado al público era complejo y basado en sofisticados diseños de Escher. Mi posición en la batalla era en un lateral de números pares. Reuní a mi estado mayor en mi tienda de campaña, estudiamos en detalle los mapas de la zona, preguntamos a unos cuantos lugareños y, finalmente, por un tortuoso camino que obligó a levantarse a todos los integrantes de una fila de asientos, accedí al mío. La contienda empezó de inmediato. Tomó la iniciativa el público, con unos preliminares de murmullos, risas y toses, algunas nerviosas. A la hora en punto (más un par de minutos de cortesía, nunca sabremos hacia quién) empezaron a aparecer los músicos uno tras otro en el escenario y ocuparon sus asientos. Su formación prusiana les permitió acceder ordenadamente cada uno a su sitio sin encontronazos ni hacer levantar a nadie. El público respondió con un tutti de aplausos; en el precio de la entrada va incluido jalear todo lo que ocurra. La orquesta contraatacó a este aplauso primerizo interpretando lo que según algunos fue una interesante pieza de Arnold Schönberg y, según otros, afinando sus instrumentos. La división de opiniones hizo que el público esta vez se abstuviera de aplaudir. La falta de aplausos ofendió profundamente al bando instrumental, que pujó fuerte y sacó a su paladín a la palestra: un señor con cierto sobrepeso y una varita en la mano apareció de la nada y se situó exactamente delante y en el centro de la formación. Miró al público, que, tal vez cautivado por un embrujo emanado de su varita, rompió en aplausos. El director (tal resultó ser esta especie de Dumbledore algo rechoncho) lo celebró dando a la mano a un par de instrumentistas que tenía cerca, y que, con toda certeza, no habían aplaudido en absoluto. Sorprendente. El resto del concierto alternó actuaciones del público con diversos aplausos, más o menos duraderos, algunos incluso coincidiendo con el final de una obra y no con uno de sus movimientos, y la orquesta premiando a cada aplauso con interpretaciones más o menos largas de piezas musicales. El acto pareció acabar con un atronador aplauso del público, que ya celebraba su victoria cuando los músicos contraatacaron de nuevo, esta vez con algo que llamaron un "bis". El duelo entre aplausos finales i bises se prolongó hasta que el bedel del local, viendo que le daban las uvas y empezaba a tener sueño, encendió las luces de la platea, bajó las del escenario, abrió puertas y puso fin a este episodio de la guerra sin fin entre público y artistas. Por cierto, dicho bedel no recibió ni un solo aplauso, ni tuvo a nadie que interpretase un mísero acorde en su honor. La historia suele ser injusta con los verdaderos héroes.

Publicidad