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Creo que lo más adecuado sería que yo no estuviese aquí

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Soy un ser humano de sexo masculino, de mediana edad, en un estado físico que no presagia una muerte inminente, con la mayoría de mis órganos vitales operativos y mis extremidades intactas y funcionando razonablemente bien. Tengo, incluso, una actividad que puede pasar por un trabajo y por la cual de vez en cuando recibo una retribución. Soy, pues, un ser a la intemperie, incapaz de hallar refugio en ninguna minoría que le dé cobijo. Estoy perdido, lo sé. Mi desgraciada condición me ha llevado a ser extremadamente prudente en mis conductas y actos. Por ejemplo, en los transportes públicos, siempre cedo mi asiento, en una actitud que podría pasar por estar chapado a la antigua, pero que en realidad oculta un miedo atroz a ser descubierto y denostado por apología de la normalidad. Cedo mi asiento a las personas de edad avanzada. Aparento sentir respeto por sus largas trayectorias desgastando la superficie de este planeta. En realidad se trata de un angustiado intento de esquivar sus posibles ataques contra mi persona. Temo especialmente a los ancianos con bastón y a las ancianas con paraguas y bolsos grandes. Mi razonamiento es que si están sentados sus tiempos de respuesta decrecen, al menos en las distancias medias. Quienes llevamos vida de antílope sabemos valorar esas pequeñas ventajas. Cedo mi asiento a las mujeres. A todas. De una en una, por supuesto. Tampoco es mi intención provocar tumultos de mujeres por un solo asiento. Sé que sería juzgado por ello y hallado culpable. Mi lucha por liberarme de un machismo heredado que no pedí pero que sin duda tampoco evité consiste en dar a las mujeres todo aquello que esté en mi mano y adoptar una postura corporal que minimice mi presencia, con la esperanza de desaparecer lo antes posible de la faz de la Tierra. No suele funcionar; sigo buscando rutas de huida alternativas. Cedo mi asiento a los niños. Los niños serán el futuro, pero de momento son el presente, y un niño desencadenado puede convertir la más feliz de las existencias en un viacrucis del que es imposible escapar sin enfurecer a sus padres, tutores legales o domadores, según sea el caso. Por ende, ahora los niños, debido a una cuantiosa y a menudo desordenada alimentación, crecen antes y cogen más peso, de modo que pueden llegar a ser rivales formidables en una lucha a brazo partido. Cedo mi asiento a todo tipo de amputados, lisiados, impedidos y, en un alarde de entusiasmo disculpable, a todo aquel que lleve una tirita en algún lugar visible (incluso encima de la ropa). Nunca se sabe si se trata de un atrezzo de excelente factura, y evitar disgustos es la primera norma de mi gris y huidiza existencia. Finalmente, cedo también el asiento a los seres humanos de sexo masculino, de mediana edad, en un estado físico que no presagia una muerte inminente, con la mayoría de sus órganos vitales operativos y sus extremidades intactas y funcionando razonablemente bien. Incluso lo cedo a aquellos que parecen tener un trabajo remunerado. La razón es que suelen parecerme más altos, más fuertes, más rápidos que yo. Y con peor carácter. En resumidas cuentas, cedo el asiento a todo el mundo excepto a mí mismo. Si viajo en un vagón de tren o en autobús completamente vacío (exceptuando al conductor, espero), hago mi trayecto de pie, tristemente agarrado a un pasamano, mientras medito sobre la infelicidad de mi existencia, marcada por la ausencia de algo que me permita tener un buen motivo para quejarme. Lo tengo bien merecido.

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