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Correr de cara

Correr de cara

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Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? ¿Acaso hay otra forma de correr que sea útil? Es un título equívoco, en efecto. Voy a trazar un esquema de la situación para que se entienda mejor. El tren llega a la estación y se detiene. Se abren las puertas, bajas y te encaminas hacia la salida. De pronto, en dirección contraria, alguien que desea más que nada en el mundo llegar a tiempo al tren –que ya está a punto de cerrar puertas– aparece de una forma, digamos, contradictoria. Esa persona avanza a una velocidad comparable a la de la tortuga que hacía carreras con Aquiles (y perdía, claro). Su tara más peso máximo autorizado no auguran nada bueno en cuanto a aceleración (aunque tienen un aspecto magnífico si hablamos de inercia). Sus piernas, más habituadas a colgar de una butaca que a recorrer distancias superiores a la que separa el sofá del frigorífico, se resisten heroicamente a separarse, dando lugar a una forma de andar como de geisha muy alterada. Sus brazos abandonan su posición habitual de colgar fláccidos para realizar movimientos breves y espasmódicos, más propios de intentar flotar tras un naufragio que de desplazarse en tierra firme. Y, sin embargo, en todo este escenario de pesimismo frente a la prisa, emerge, orgulloso, un rostro que recuerda vívidamente el de un mediofondista keniano a diez metros de la meta. Ese rostro lo está dando todo por correr, refleja en todo su esplendor la lucha entre la materia y el espíritu. A eso es a lo que llamo correr de cara: la cara es la única parte del cuerpo que se está tomando en serio la necesidad de recorrer la distancia hasta el tren a la mayor brevedad posible. Fácil de entender, claro, cuando te lo explican tan bien como yo tengo por costumbre. Y es que bajo esta aparente anécdota trivial se oculta una cuestión de enorme calado: el enfrentamiento entre ciencia y fe. En el rincón de la ciencia, cualquier físico con una preparación media en el uso de vectores demostrará en cuestión de segundos que es imposible que esa persona llegue a tiempo al tren que ya está cerrando puertas. Pero en el rincón de la fe se encuentra una cara que proclama a gritos que, si la fe mueve montañas, con mucha más razón podrá desplazar a tiempo la masa corporal que arrastra trabajosamente. En este caso la ciencia va a ganar por goleada; pero, a la vista de ese rostro congestionado, dándolo todo por una causa perdida, no dejo de desear que, por una vez, el heroísmo de los antiguos griegos se imponga, por una vez, al destino cruel que concluye todas las grandes tragedias. Es como cuando vuelves a mirar la película "Espartaco" por enésima vez y piensas: "A ver si esta vez lo consigue". Ojalá.

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