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Caminar por la ciudad

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Hay que estar en forma. Diré más: hay que estar tonificado. Tiene narices. Soñábamos con una revolución tecnológica en la que las máquinas nos liberarían del trabajo, y todo el progreso logrado se puede resumir en una miserable Roomba correteando por la casa y el colesterol por las nubes. Fantástico. Pero, en fin, vamos a intentar sobrevivir. Los que vivimos hacinados en una gran ciudad (en adelante y para abreviar, los imbéciles) contamos con tres grandes posibilidades para hacer algo de ejercicio: caminar, correr como si no hubiera un mañana (pronto veremos hasta qué punto esto es premonitorio) o convertirse en un ángel de la muerte low cost sobre una bici. Correr por la ciudad es una actividad apasionante que te atrapa sin posibilidad de escape; como espectador. Ver cómo compiten por un pronto desgaste los meniscos con los alvéolos pulmonares tiene algo de titánico que genera un gran respeto por los runners (“gente que corre”, en inglés). En el aire de las ciudades hay montones de partículas, micropartículas, nanopartículas y, en general, cosas cuánticas flotando. Los runners, que resoplan como fuelles, realizan una importante misión de captura y eliminación de dichas partículas, promoviendo un aire más limpio. Ocasionalmente, alguno puede estallar de forma espontánea, pero en general son beneficiosos para la sociedad. Por otra parte, ir en bici por ciudad se ha convertido en un juego de todos contra todos que no deja de tener interés. Al principio fue la bici con alguien encima. Ese alguien, tras haber llevado una vida plena como peatón, tendía a circular por las aceras. Pronto los peatones sin bici empezaron a sufrir molestias e intentaron empujar a los ciclistas hacia la calzada. En vano: los ciclistas, incluso los de capacidades más moderadas, pronto entendieron que en la calzada los vehículos eran mucho más grandes y blindados que un peatón, por lo que se volvían a las aceras como tortugas a la playa en época de desove. Llegados a este punto muerto, se inventó el carril bici. Dicho carril se ubica a menudo en las aceras, donde los peatones se resisten a entregar parte de su territorio a cambio de algo de pintura en el suelo. En consecuencia, los ciclistas reaccionan circulando por la parte de la acera que no es carril bici –que está, como hemos dicho, atiborrado de peatones con una clara disposición de barricada humana–. De todo ello se desprende que circular en bici por la ciudad es una actividad sana, entretenida y de lo más emocionante. Finalmente, la mejor opción de todas si uno es un superviviente nato es caminar. Caminar por la ciudad a paso vivo pero sin caer en la precipitación proporciona privilegios como disfrutar de las apneas de los runners (si uno entrecierra los ojos puede llegar a ver sus apneas del futuro, mucho más coloridas) o el juego de rol perpetuo que mantienen peatones y ciclistas, con sus continuos cambios de guion. Y, encima, los meniscos duran algo más, de modo que uno tiene la esperanza de llegar a la vejez aunque sea de rodillas. You win.

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