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Cambio precipitado de planes (ilustrado con un caso real)

Cambio precipitado de planes (ilustrado con un caso real)

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Más o menos como todo el mundo, yo también tengo mi superpoder. En mi caso, se trata de trazar planes espantosos, llenos de fallos, inviables o, sencillamente, cómicos. Y debo reconocer que se me da francamente bien hacerlos, y cambiarlos. Hay gente que traza sus planes a largo plazo. Invierten montones de horas en ellos. Los perfeccionan. Los pulen. Los enceran. Les sacan brillo. Y los ejecutan hasta el final, caiga quien caiga. Esos planes podrían decorar las paredes del palacio de Versalles y sacar matrícula en la propuesta. Pongamos un ejemplo histórico: Bonaparte y su campaña de Rusia. El bueno de Napoleón no pretendía invadir Rusia: no era tan tonto. Su propósito era aprovechar el buen tiempo para salir de excursión hasta Moscú, darle un buen susto al zar, obligarle a firmar pactos y tratados que, sin duda, llevaba redactados de casa, volver antes de la llegada del frío y pasarse el siguiente invierno explicando a la familia divertidas anécdotas vividas en suelo ruso a la luz de un buen hogar. Pero se lió. Se lió un montón. Llegó a Moscú, y el zar no estaba ni se le esperaba. Llegaba el invierno, y sus generales le indicaban que tal vez no sería mala idea ir volviendo a París y aprovechar el siguiente invierno para hacer planes aún mejores, con pactos y tratados con más cláusulas y con adjetivos más bonitos. En vano. Napoleón tenía un plan. Y ese plan debía ejecutarse a cualquier precio. Renunciar a su plan significaba reconocer que los meses que se había pasado preparándolo habían sido meses tirados a la basura. Y un mes de Napoleón, en opinión de Napoleón, tenía un valor incalculable. Total, que se retiró tarde y mal. Perdió montones de soldados, su plan fue un desastre y, posiblemente, se rompió una uña. No es extraño que le saliera una úlcera que le obligaba a llevar la mano en el estómago. Me reafirmo, a la luz de este ejemplo que por sí solo convierte toda mi argumentación en irrebatible, en el hecho de que hacer planes espantosos y precipitados es un superpoder. Cuando sabes que tus planes no valen nada, te queda el consuelo de saber que, al menos, no has perdido mucho tiempo elaborándolos. Se cambia de plan, y a otra cosa.

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