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¿A quién se le ocurre arrojarse desnudo sobre temas espinosos?

¿A quién se le ocurre arrojarse desnudo sobre temas espinosos?

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Hay temas espinosos. Espero no estar descubriendo nada. Es sabido que hay temas que solo se pueden tratar a gusto si se puede gritar, hacer aspavientos, pedir otra cerveza, dar golpes sobre la mesa y acabar disfrutando del plácido bajón de la adrenalina al terminar. Y tal vez sean los mejores temas para discutir como Dios manda. La ciencia, entendida como un proceso meticulosamente cerebral, es maravillosa, siempre que de lo que se trate es de llegar a un acuerdo sobre el tema que sea. En caso de diferencia de opiniones, los científicos corren en tropel a un laboratorio, se ponen empíricos perdidos y analizan, analizan y analizan. Al menos, mientras discuten, sus olores corporales quedan encerrados en una sala sellada herméticamente. Punto para la ciencia. Pero hay otros temas, a menudo relacionados con aspectos sociológicos, que demandan espacios abiertos, una buena acústica y mucho, mucho ruido. Son siempre temas relacionados con la gestión de la diferencia. Estamos encerrados en una curiosa dicotomía: si todos fueran como yo, sé perfectamente que este mundo sería inhabitable. Me conozco bien y estoy seguro de ello. Pero si todos son distintos de mí, empiezan a hacerlo todo mal y, lo que es peor, no siguen mis consejos. Están todos locos. Menos yo, claro; que, sin embargo, me sé insoportable. Así las cosas, hay temas en los que uno debe entrar a discutir no para acercarse a la verdad sino para ejercitar sus entrañas. Vivimos en una ficción que dice que el que piensa es el cerebro; el resto de órganos son de apoyo. Mentira. El estómago, los riñones, el páncreas, el hígado, incluso los intestinos piensan por su cuenta. De hecho, los intestinos son vitales para expresar opiniones de una manera muy física. Todos hemos visto a gente vociferante emitiendo mensajes parecidos a los que debía emitir el eslabón perdido para expresar que había visto comida andante cerca de la cueva y que sería una buena idea salir con garrotes y piedras a estudiar el menú. Y no hay que perder de vista que este sería un tema de enorme importancia. Sin combustible, el resto de temas se ponen muy etéreos y se hace difícil llevar adelante una discusión, sea razonada o a gritos. Pero en nuestros días contamos con un valioso aliado: el frigorífico. Si tenemos la comida –más o menos– asegurada en un sitio accesible, arrojarse desnudo a una discusión espinosa solo tiene sentido si se considera una modalidad deportiva. Me sentiré muy satisfecho el día que declaren este tipo de discusiones disciplina olímpica. Hasta entonces, prefiero reservarme.

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