A Trump lo conocí en Singapur, habíamos concertado una cita por Tinder para esquivar el espionaje extranjero de nuestros WhatsApps. Fue un primer contacto agradable, nos preguntamos si estudiábamos o trabajábamos, cosa que nos hizo gracia porque de casualidad nos dedicábamos los dos a lo mismo. Para el segundo encuentro decidimos buscar un mediador internacional por si hackeaban el chat de Tinder. Elegimos a Carlos Sobera que nos preguntó si queríamos tener una segunda cita, a lo que ambos contestamos que sí y nos encontramos en Hanói.

La segunda cita siempre es más complicada porque es cuando te empiezas a conocer. Pedimos una ensalada cada uno y tres pizzas para compartir y me preguntó dónde me veía en diez años: "De Líder Supremo probando un intercontinental" contesté mientras me tocaba el cuello nervioso ante la necesidad agradar. Supe enseguida que no le gustó la respuesta, se levantó y ahí acabó la cumbre. Cuando parecía que la relación estaba rota decidí echarle valor y mandarle un mensaje. Le invité a venir a mi casa, era la tercera cita y había que dar un paso más.

 

Quedamos en Panmunjon, en la zona desmilitarizada entre las dos Coreas. Le expliqué que eran los únicos cuatro kilómetros sin militarizar de todo el país, que queríamos haberlos militarizado pero nos quedamos sin presupuesto cuando empezamos a embaldosar. Le conté que sin buscarlo nos ha quedado un espacio que aporta contraste y armonía al resto del país según nuestro interiorista y que estamos pensando poner un poco de incienso y un póster de John Lennon y Yoko Ono en Panjumon para terminar de decorarlo..

Le cogí de la mano y le invité a pisar territorio norcoreano, momento en el que Trump me avisó de que habían caído WhatsApp, Facebook e Instagram, le dije: "No, no, tranquilo. Es que estás en Corea del Norte". Le ofrecí pasar a conversar a una habitación privada para debatir asuntos internos y no puedo desvelar lo que pasó en el interior de aquella habitación porque es información clasificada, pero sí.