El siglo XXI, además de por los pantalones de tiro alto y por los youtubers, será recordado como el siglo en el que empezamos a llamar artistas a los cocineros. Un día empezamos a reírle las gracias al “aire de zanahoria” de Ferrán Adrià y cuando quisimos darnos cuenta ya estaban vendiendo un vaso de agua en ARCO por 20.000€. Esta semana, un conocido chef ha dicho en una entrevista que sus becarios no sólo deben trabajar gratis, sino que deberían estar agradecidos por hacerlo. Trabajar gratis no es nuevo, en Egipto construyeron varias pirámides bien bonitas gracias a miles de voluntarios y al desarrollo del látigo como herramienta para incrementar la productividad laboral. Los europeos, ya en el siglo XVI, también sacaron una beca para que ciudadanos africanos pudiesen viajar a Sudamérica a trabajar picando oro en las minas bolivianas y brasileñas. Era un trabajo no remunerado pero a los africanos les servía para ganar experiencia laboral, mejorar sus currículums, y ver mundo a bordo del barco negrero. En Corea del Norte a este tipo de trabajos los llamamos “trabajos forzados”, es una palabra confusa porque da a entender que los que los realizan están obligados a ejercerlos, cuando también tienen la opción de donar su cuerpo a la ciencia. Los trabajos forzados no están remunerados económicamente pero sí física y espiritualmente. Doce horas barriendo carreteras sin hablar con nadie equivalen a dos horas de yoga, tres de mindfulness, dos de crossfit y seis de biodanza. A los becarios no remunerados de los restaurantes, ahora se les denomina “stagiers”. Los stagiers no trabajan, se forman en la infinita sabiduría de cocineros-presentadores del televisión preparando platos de lujo que luego, para no desperdiciar, son vendidos a unos clientes que casualmente se encontraban en un comedor adyacente a la cocina, a precio de 200€ por comensal. Los stagiers pueden parecer baratos, pero suponen un importante gasto para los chefs que tienen que proporcionarles comida y alojamiento y perder todo el tiempo que supone ir pasándoles uno a uno el sándwich de mortadela por la rejilla de la celda. Con el paso del tiempo nos daremos cuenta de que empezar a llamar artistas a los cocineros ha sido un error aún mayor incluso que cuando empezamos llamar artistas a los cantantes de flamenquito-pop. Yo llevo diciéndoselo años a los norcoreanos: “la comida está sobrevalorada”. Y si me lee algún “chef estrella”, deja el nitrógeno líquido y escucha esta sabia reflexión del sabio Mariano Rajoy: “Un plato es un plato y un vaso es un vaso”. MÁS NORCOREANO:  Medios de transportación

Autobús de Norcoreano | Liopardo