En los últimos años he venido haciendo aquí una profunda crítica a la democracia, uno de los grandes cánceres de nuestra sociedad y una de las diez o doce peores cosas que han inventado los griegos, pero nunca había escrito específicamente sobre el mayor de sus problemas: la resaca electoral. Definimos resaca como el estado de malestar posterior al voto y al sentimiento de culpa de haber dejado que los ciudadanos decidan su propio destino, como si no fueran tontos.

Puede parecer baladí pero este estado de indisposición excesivo puede llevar a ciertos individuos a pedirse la baja, como ha sido el caso de Albert Rivera en Ciudadanos. Una resaca excesiva suele venir precedida de una pérdida de memoria tras una noche de farra. Imaginemos por ejemplo que somos una Candidatura de Unidad Popular independentista catalana, antisistema y que renuncia a la vía parlamentaria, salimos a tomar algo de tranquis y cuando nos damos cuenta estamos en el Congreso de los Diputados de España, es lo que llamamos Resacón en las Vegas. El cine y la televisión nos han mostrado buenos ejemplos de borracheras legendarias que han terminado en boda con la persona odiada, como la de Ross y Rachel en Friends o Pedro y Pablo en la izquierda.

La resaca electoral puede provocar también en situaciones extremas desorientación. No saber si estás en 1920 después de ver a un partido sacar 52 escaños y si estás en el año 3500 tras ver un partido nacionalista de Teruel en el parlamento. La receta contra la resaca está clara: una vida abstemia democrática, un sistema de gobierno que no dé a sus ciudadanos dolores de cabeza, un gobernante emérito, un CIS que nunca falle, un ahorro en papeletas y propaganda y 350 sueldos públicos menos y, sobre todo, la tranquilidad. La tranquilidad es lo que más se busca en la autocracias.

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Una persona coloca en la mesa de un colegio electoral las papeletas con las diferentes opciones políticas | EFE (Archivo)