Los españoles llevan un tiempo obsesionados con que España no se convierta en Venezuela, y Venezuela tendrá sus cosas, pero que yo sepa es enero y ahora mismo están en verano. Tan mal no lo harán. Cuando parecía que el 2016 había sido una locura insuperable, empieza 2017 y nieva en Murcia, la vida nos ha dado una cura de humildad. Hay una ola de frío intenso que está recorriendo todo el hemisferio norte, algunos lo llaman invierno.

 

El invierno es la prueba de que las democracias occidentales utilizan avanzados sistemas de hipnosis y electroshock para borrar selectivamente la memoria a sus ciudadanos a su antojo. Cada año los occidentales se enfrentan al invierno con incredulidad, como si nunca lo hubieran vivido: - ¡TENGO UNA SENSACIÓN QUE DESCONOZCO, LO CONTRARIO DE CALOR! - ¡YO LLEVO DOS PARES DE CALCETINES PUESTOS Y NO SÉ POR QUÉ! ¡CAEN PUNTOS BLANCOS DEL CIELO, PERO NO ES LLUVIA! ¡ES AGUA CONGELADA! - ¡CREO QUE EL APARATO DE AIRE ACONDICIONADO TIENE UN BOTÓN ROJO, A LO MEJOR ECHA AIRE CALIENTE! Dicen que las dictaduras adoctrinamos a los ciudadanos para que pierdan sus singularidades, para que todos piensen y se comporten igual, pero que yo sepa son los demócratas los que suben fotos de pies en la playa en verano y de termómetros en invierno a Instagram. Bastaría que un occidental retrocediese un año en su timeline hasta las fotos del año anterior para encontrar una foto suya junto a un termómetro que muestre una temperatura bajo cero. Sufriría el desconcierto de verse a sí mismo frente a una situación que no recuerda haber vivido mientras unos flashes le martillean la cabeza en plan déjà vu. “¿Qué hago yo ahí? ¿Por qué llevo guantes si no soy portero?”.

 

El invierno es duro pero tiene sus ventajas: los murcianos tienen agua y Rajoy ha demostrado que sí sabe de economía, el tío ha subido la luz justo cuando más se consume. ¿Dónde están ahora los que criticaban el calentamiento global?