Esta semana, Estados Unidos e Irán han firmado un acuerdo que frenará el acceso de Irán a la bomba atómica y a cambio de que la ONU le levante las sanciones. Así que recapitulando, tras la traición de Cuba y la de Irán, en el eje del mal ya solo quedamos Mourinho, Ramoncín y yo. Este acuerdo, junto con el de Grecia, es un claro ejemplo de que los países periféricos están perdiendo su soberanía y su derecho democrático a fabricar libremente bombas nucleares para destruir el mundo dentro de la legalidad. Hablando en plata, es una bajada de pantalones. A mí también me llama la ONU a la hora de la siesta y me amenaza con sancionarme pero me mantengo firme. Tengo las fronteras cerradas y no pertenezco a ninguna organización trasnacional, ¿qué van a hacer? ¿Castigarme sin postre?

 

Este acuerdo es otro duro mazazo para Corea del Norte que hay que sumar el sufrido recientemente por el otro acuerdo entre Cuba y Estados Unidos. Nuestros aliados están cediendo ante el cebo occidental, se han dejado seducir por los lujos capitalistas: las tres comidas diarias, los móviles con SMS y las actualizaciones de Windows. Mi padre ya me advirtió de la posible traición iraní: “Son musulmanes, no te fíes nunca de gente que no coma jamón”, pero no hice ni caso. El hombre era ya mayor y pensaba que estaba chocheando. Esta vez mi reacción ante el acuerdo ha sido tranquila y sosegada. No he hecho ningún boicot como el que hice hace unos meses a Cuba cuando prohibí sus productos tradicionales: el arroz con tomate y huevo frito y las pajas con las tetas. Esta vez he madurado y soy consciente de que la situación es irreversible y la salud es lo primero. Mi nutricionista jamás me perdonaría excluir el caviar iraní de mi dieta.