Ya está aquí junio: el veranito, las terracitas, el solecito, el fundamentalismo religioso y las rebajitas en Derechos Humanos. Esta semana ha arrancado El Rocío con el tradicional “salto de la reja”, el ritual por el cual los almonteños (una tribu occidental) se empujan, se pegan codazos, se insultan y se amenazan con rajarse, para ser los primeros en asaltar una ermita y sacar a la Virgen en procesión celebrando su infinita bondad. Una vez se ha sacado a la Virgen a la calle, los hermanos cofrades se amontonan y se pisan la cabeza unos a los otros para acercarse al trono, los que están más lejos lanzan a sus niños como balones de voley-playa para ver si con suerte su cabeza se estrella contra el manto de la Virgen y queda bendecida. Los padres que se acuerdan recogen a sus hijos al final, el resto de los niños se queda a vivir en una comuna infantil en Almonte, que se alimenta de restos de rebujito y filetes empanados hasta el año siguiente, cuando regresan las carrozas con sus familias. El Rocío es una tradición religiosa moderada, los fundamentalistas ya sabemos lo que están haciendo en otras partes. Theresa May, la primera ministra del Reino Unido, ya ha encontrado la receta para combatir la barbarie del Daesh: saltarse los Derechos Humanos. Mucha crítica y mucho bloqueo internacional, pero al final mis ideas están calando en occidente. Lo llevo diciendo desde que me hice hipster: la libertad es mainstream, ahora lo que se lleva es la tiranía. Los derechos civiles tuvieron su momento, pero en la época del fidget spinner no tienen cabida. La vida es demasiado corta como para perder tiempo en juicios justos.

 

Theresa May estuvo pletórica anunciando recortes en Derechos Humanos, pero justo unos días después te la encuentras organizando unas elecciones democráticas en el Reino Unido. Votar democráticamente después de abolir derechos civiles es el “hincharte a dulces después de tomarte el café con sacarina” de la política. Así no, Theresita, así no.