Esta semana hemos lanzado un satélite al espacio, el Kwangmyongsong-4, Juanito para los amigos. El lanzamiento nos ha supuesto un esfuerzo económico propio de los países más avanzados: dos semanas sin arroz para los proletarios. Durante diez años no habíamos conseguido poner en marcha la misión por los habituales impedimentos técnicos que presentan este tipo de proyectos, pero finalmente encontramos una solución para enviar al espacio a Juanito y ponerlo en órbita: pegarlo con cinta aislante a un misil. El objetivo inicial era que el misil dejase el satélite en el espacio y volviese a La Tierra para aterrizar en la Casa Blanca, pero no fue técnicamente viable.

 

Tras el éxito de la misión y el posterior comunicado, como era de esperar, la comunidad internacional se ha cabreado. Parece ser que ellos pueden tener su propio satélite (la Luna) pero nosotros no tenemos los mismos derechos. Aunque mi intención principal era sintonizar de una vez los toros en Canal Plus, un satélite artificial tiene multitud de funciones. La función principal de Juanito es facilitar las comunicaciones e internet, tener una alternativa por si alguna vez nos cambian la contraseña del wifi en Seúl. Otro de los principales usos que se le da en occidente es el de preveer el tiempo. Tú le preguntas al satélite qué va a pasar dentro de dos días y te dice por ejemplo que dentro de dos días van a pasar 48 horas. Pues apuntas en un papel “48 horas” y le pasas la información al meteorólogo.

 

Juanito va a proporcionar a nuestra juche patria un avance tecnológico y científico sin precedentes, nos va a permitir explorar el espacio para observar las constelaciones de tauro y piscis y mejorar así la fiabilidad del horóscopo. Explorar el espacio también para quién sabe, encontrarnos con una sorpresa algún día: descubrir vida inteligente en Corea del Sur.