El martes desperté con un telegrama: "Han detenido a El Guiri”. El Guiri es como llamamos cariñosamente a Alejandro, el español y único extranjero que trabaja para nuestro gobierno. El Guiri llegó a Corea en los noventa, él soñaba con vivir en un estado socialista y a nosotros (que normalmente no aceptábamos extranjeros) nos hizo gracia que se llamase como Alejandro Sanz, que en esa época estaba de moda por “Corazón partío” y a mi padre le gustaba mucho el nuevo flamenquito. Desde entonces el Guiri es uno más de los nuestros y viaja a España una vez al mes para traerse tuppers de casa de su madre. Ya sabéis que nuestro país tiene ciertos carencias para abastecer de comida a la población. Lo primero que pensé cuando recibí la noticia fue en que había sido detenido por financiación ilegal del Partido de los Trabajadores, así que hice lo que suele hacerse en estos casos: le mandé un SMS con “Alejandro, sé fuerte”, formateé todos los discos duros de nuestra sede y emití un comunicado negando los hechos y amenazando con demandar por difamación a todo aquel que difundiese la información.

 

Finalmente me enteré de que los cargos que se le atribuían eran los de tráfico de armas así que fui consciente de que había sido culpa suya. Cómo sabéis, soy aficionado a las armas y aunque poseo misiles intercontinentales, bombas de hidrógeno y drones de última generación, hay un arma clásica que falta en mi colección: la navaja de Albacete. Así que aproveché este último viaje de “El Guiri” a España para encargarle un par de cajas. Le expliqué bien clarito que debía envolverlas en papel Albal y enterrarlas en una caja de café para que no la detectasen los perros ni el detector de metales del aeropuerto, pero ya sabéis que los españoles llegan hasta donde llegan. Pese a todo, en agradecimiento a su lealtad ya le hemos comunicado que vamos a hacernos cargo de su fianza. Ya solo nos queda que nos envíe las claves de su oficina electrónica de la Caja Rural para hacerle la transferencia a Rajoy. Vuelve pronto Alejandro. Y trae fuet.