Hubo un tiempo en el que ser activista significaba perseguir un barco ballenero en mitad del Atlántico, a bordo de una lancha de plástico, evitando los disparos de la tripulación y los últimos coletazos de una ballena moribunda destinada a convertirse en exfoliante facial, pero ese tiempo ya pasó. El progreso técnico y humano ha permitido que se pueda luchar contra las injusticias sociales con un mínimo esfuerzo. Hoy en día se puede defender la sanidad pública haciendo palmas en el balcón, apoyar a un colectivo minoritario usando un hashtag o luchar contra el racismo subiendo una foto negra a Instagram. Es una forma de lucha social totalmente nueva y como tal requiere un nombre que aún no le ha sido asignado, yo propongo 'hashtivismo'.

Hashtivismo es salir poniendo morritos en una foto solidarizándote con las víctimas de un tsunami o exigir que se solucione una injusticia saliendo en otra foto sujetando un papel escrito con rotulador. En 1955 Rosa Parks se sentó en una parte del autobús reservada a los blancos, en 1963 Thich Quang Duc se quemó a lo bonzo para protestar contra la discriminación sufrida por los budistas en Vietnam. Tanto Rosa como Thich se habrían podido ahorrar el sofocón creando una petición en change.org o un reto viral de echarse hielo por la cabeza. El hashtivismo ha universalizado la heroicidad.

Hace unas semanas, sin ir más lejos, estábamos ayudando a salvar el planeta quedándonos en casa viendo Netflix y viviendo durante un mes como si cada día fuese domingo. Dejando ya un poco de lado la ironía, reconozcámoslo: el hashtivismo no tiene mérito. La verdadera generación de héroes es la anterior a la nuestra, aquella que aún tenía el valor de echarse a la calle y hacer una batucada contra el calentamiento global o un flashmob por la paz.