Este puente va a ser muy especial para mí. Primero porque es el primer Halloween tras el deshielo con Estados Unidos y voy a poder celebrar por primera vez una fiesta que Padre siempre había considerado imperialista y más americana que dispararle a un negro desarmado. Segundo porque también es el Día de los Muertos y creo haber contribuido como nadie a la celebración de esta festividad.

Esta mañana tenía desfile y me he encontrado con Ha Wee Lo, uno de los ancianos más entrañables de Corea. Más veterano que el aliento de Massiel. Estuvo en la guerra de Corea y en las Termópilas. Es como un Tamagotchi en modo fácil, no se te muere ni dándole de comer dos veces por semana. Lo he abrazado diciendo “¡Me ataca un muerto viviente!“. Pero de coña, hay buen rollo con Ha Wee Lo. Ha sido una bonita forma de empezar Halloween. He llegado al palacio y ya estaban mis súbditos tallando las calabazas tal y como les pedí: la mitad con la cara de Bisbal, la otra mitad con la de Chenoa.

Mientras ultimaban los detalles de la fiesta nocturna he ido al armario a elegir disfraz. Los años previos, en las fiestas clandestinas que celebrábamos, solía disfrazarme de disidente, en otras lo hice de mi tío o de mi hermano en el aeropuerto de Kuala Lumpur, pero este año había pensado en algo más original: de Franco o de Joker que seguro que no va nadie. Finalmente he optado por disfrazarme de futuro de occidente, que con una malla negra lo tienes casi preparado. Es sólo mi primer Halloween pero ya estoy emocionado pensando en probar otras tradiciones americanas como vender la casa para pagar una operación de apendicitis o echarle azúcar a todas las comidas saladas.