Llevo unos días durmiendo mal y casi sin ganas de comer, ayer mismo merendé solo un par de veces. ¿El motivo? El viernes se entrega el Nobel de la Paz y creo que este es mi año. Con el Nobel hasta ahora me ha pasado como a Di Caprio en los Oscars, que soy el eterno candidato. Me siento como un atleta europeo corriendo la maratón, todos los años estoy en la terna pero al final siempre hay algún negro que me gana.

 

El Nobel de la Paz es un premio caprichoso, para que os hagáis una idea no se lo dieron ni a Iniesta el año que ganó el Mundial ni a Hitler el año que estuvo nominado. Lo único que ha conseguido olvidando a estos grandes merecedores ha sido ensuciar la imagen del premio. Yo llevo años pidiendo mejorar la transparencia y la democratización del premio, modernizar el sistema de elección y equipararlo a los que se utilizan hoy en día: votar por SMS a un euro más IVA. Pero no hay manera, esta gente es casta.

 

Por méritos no será que quede sin el premio: este año por ejemplo no he ejecutado a ninguno de mis tíos y llevo como semana y media sin amenazar con destruir el planeta, espero que el jurado lo tome en cuenta. Hay pequeños detalles que me hacen tener esperanzas para la gala del viernes, por ejemplo: paz en inglés se pronuncia “pis”, y yo meo todos los días. Mucha casualidad me parece para ser una simple serendipia.

 

No voy a negar que junto a ganar el Balón de Oro de la III Guerra Mundial, llegar a Oslo ha recoger el Nobel de la Paz montado en mi tanque ha sido siempre uno de los grandes sueños. Pero pasito a pasito: ‘piano piano piano, se va lontano'.