Esta semana hemos presenciado el mayor ridículo protagonizado por un vehículo tripulado que se recuerda. No me refiero al autobús de Hazte Oír ni al coche de Esperanza Aguirre saliendo del parking del juzgado, me refiero al portaaviones Carl Vinson.

Al “Carl Vinson” en Corea del Norte lo conocemos como “Carl Winslow”, porque es negro, americano y cada vez que lo vemos nos meamos de risa. El Carl Vinson es un portaaviones que, pertenecerá a la marina estadounidense, pero es como cualquier portaaviones común: con sus líneas pintadas para aparcar aeronaves, su parquímetro y su gorrilla cobrando un euro por aparcar. Hace unas semanas Trump envió al Carl Vinson a la península coreana para dejarlo ahí flotando en el agua, por vacilar, como cuando no tienes el graduado escolar y aparcas el Opel Tigra en la puerta de la discoteca. Mandar un portaaviones es un gesto común en la jerga bélica geopolítica, viene a decir algo así como “Si te cojo te arranco la cabeza, payaso” o “Ven aquí que te voy a tocar la carita”. No es una agresión, es una gesto de intimidación, un simple recurso diplomático. Trump pensaba que me iba a achantar y no iba a tener valor de subir un selfie a Instagram con el dedito acariciando el botón rojo, obviamente no fue así, aquí uranio tenemos todos. El Carl Vinson se acercaba y yo ya estaba empezando a desempolvar el “Hundir la flota” cuando mis funcionarios me avisaron de que el buque había pasado de largo, se dirigía a Australia a hacer maniobras. 

 

Ya tiene que ser triste ser un portaaviones de guerra y realizar tus maniobras militares en un océano llamado “PACÍFICO”, pero así es Estados Unidos, la cuna del movimiento gay. Algunos medios dicen el portaaviones imperialista ahora vuelve para quedarse merodeando en nuestra península. Veremos a ver si no se encuentran con un control de la Guardia Civil marítima al pasar.