Estados Unidos es nuestra némesis, nuestro Darth Vader, nuestro Sauron, nuestro Ramoncín; pero incluso las relaciones más distantes, incluso las guerras más cruentas tienen una solución si aparece un hombre de paz en mitad del conflicto. Un hombre prudente y sensato. Fue Gandhi en India, Mandela en Sudáfrica, y ahora en Estados Unidos, Donald Trump. El futuro presidente americano ha anunciado que le gustaría reunirse conmigo y yo no tendré ningún reparo en sentarme con él e incluso firmar un acuerdo de paz y cooperación para atacar juntos a otros países. El magnate representa la nueva política americana, una política moderna, en contra de las libertades y los extranjeros. El pobre hombre ha recibido enormes críticas por su propuesta de construir una valla en la frontera de México. Habría que ver qué haríais vosotros si tuvieseis a Maná a unos pocos kilómetros de vuestro país. Se están exagerando las consecuencias de la construcción del muro, dicen que miles de personas no van a poder entrar en Estados Unidos. Vamos a ver, nosotros ya construimos una valla para cercar Corea del Norte hace décadas y en 50 años no hemos recibido ni una sola queja por no poder entrar al país.

 

Así que desde aquí quiero romper una lanza en favor de Trump. Le invito de buena voluntad a viajar a Pyongyang para mantener una conversación distendida sobre las grandes amenazas comunes que nos acechan: los latinos, los negros, las mujeres y los demócratas. Le ofrezco un ambiente de absoluta confianza, me comprometo incluso a no cachearle la melena para comprobar si está grabando la conversación en radiocasette. Quiero demostrarle al mundo que ninguna rivalidad es irreconciliable, que Estados Unidos y Corea del Norte podemos ser los nuevos Goku y Vegeta, los nuevos Ross y Rachel. Aquí te espero, Donald.