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Crónica de la cumbre de Singapur

Así fue realmente la histórica cumbre entre Kim Jong-Un y Donald Trump.

Kim Jong-un junto a Donald Trump
Kim Jong-un junto a Donald Trump | Gtres

70 años de guerra entre Corea del Norte y Estados Unidos, ha hecho falta que coincidamos dos personas sensatas, dos estadistas de talla mundial al mando de los dos países más importantes del mundo para que por fin se produzca un acercamiento que pueda significar el fin de las discrepancias.

Llegué a Singapur dos días antes de la cumbre, el New York Times contó que lo hice para preparar la reunión, pero en realidad es que tenía tres noches de hotel y spa de una caja regalo que me regaló mi tía por mi cumpleaños y los tenía que gastar, que me iban a caducar. La cumbre estuvo rodeada de medidas de seguridad excepcionales organizadas por el gobierno de Singapur y por mi propia delegación. Llevé mi inodoro personal desde Pyongyang porque ya se sabe que los occidentales, en cuanto te ven echar un mojón, van detrás a meter la mano en el váter para analizar tus heces en un microscopio y hacerte una analítica . Están obsesionados con la salud, están viviendo un boom de lo ‘healthy’ en occidente. Llevé desde Corea también mi propia comida por temor a un envenenamiento: 40 bocadillos de mortadela con aceitunas y 40 de tortilla de jamón en 12 neveras de playa que fueron custodiadas en todo momento en la bodega del avión.

Tras dos días haciendo turismo y comprobar que Singapur tiene el mismo atractivo turístico que Huelva o Ciudad Real, el martes llegó el gran día. Trump y yo nos encontramos en el hall del Hotel Capella, yo llegué por la izquierda y el por la derecha en un gesto simbólico que representaba nuestra ideología. Había pensado en un saludo de estos que hacen los negros de chocar las manos y luego el puño pero a última hora decidí optar por uno más diplomático: el clásico apretón de manos. Nos dijimos unas palabras cada uno en nuestro idioma, yo suponiendo que no me entendía le solté un “Vaya pelazo tienes, maricón“. Tras un rato posando el el photocall que nos habían preparado, entramos a la sala de reuniones a almorzar. Trump me insistió en el desarme nuclear, yo le espeté: “Nucelar, se dice nu-ce-lar“, y le guiñé un ojito para que viese que en Corea del Norte también vemos los Simpsons, no todo es antiamericanismo.

Me pegó una chapa importante con el tema de las bombas atómicas: que si no son buenas, que si son caras, que si explotan… Yo pensaba por dentro: “Pero si tú tienes más que yo, gordinflas“, pero en el fondo asentía como asiente un adolescente cuando llega con cuatro suspensos y a escuchar el discurso de su padre. En realidad estaba allí por dos motivos: con las sanciones nos estamos quedando sin energía y tenemos que ducharnos con agua fría, cosa que en un país que alcanza los -20ºC en invierno no es plato de buen gusto; y porque tengo clavada la espinita del Nobel de la Paz y este año estoy en todas las quinielas.

Trump dijo que había que acabar con los juegos de guerra, yo pensaba que el Call of Duty no está mal, pero no era el momento de enfrentamientos. Prometí (con los dedos cruzados por debajo de la mesa) dejar de fabricar bombas y quedamos en vernos otro día. Le pasé mi WhatsApp, mi Facebook, mi Skype, mi Hangouts y mi Tinder, pero le dije que me llamase al fijo, que a Corea del Norte no llega internet. Salimos a la calle a fumar y a despedirnos y me llevó a enseñarme su limusina. ‘La Bestia’ la llama, no se puede ser más cuñao. Otra vez chocamos las manos, posado, photocall, abrazo y despedida.

Es curioso como puede cambiar tu opinión de una persona cuando la conoces. Trump y yo somos a priori dos personas antagónicas, pero cuando nos pusimos a hablar de democracia, Derechos Humanos, mujeres y armas, nos dimos cuenta que no somos tan distintos. Y sí, tendría una segunda cita con Trump.

@norcoreano | Madrid | 14/06/2018

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