Fronteras cerradas y toda manifestación cultural o reunión política prohibida, vamos, lo que se ha hecho siempre en Corea del Norte pero 50 años más tarde. La crisis del coronavirus está revelando una de las grandes debilidades del ser humano: el miedo. El precio del rollo de papel higiénico ya supera el del barril de Brent en algunas zonas de España, donde lo primero que ha hecho la población ante las primeras señales del fin del mundo ha sido salir a por jamón y cerveza.

Se están suspendiendo eventos al ritmo que suspendía Froilán en 3ª de E.S.O., pero no todo. A los sevillanos aún no les han comunicado que no van a tener Semana Santa ni Feria de Abril, probablemente porque el gobierno sabe que en España han empezado guerras civiles por mucho menos. Los mismos periodistas que en enero nos trataban por tontos por alarmarnos por ‘una gripe nueva’ ahora nos explican en hilos de Twitter porque no debemos tomárnoslo a broma.

Las compañías aéreas están al borde de la quiebra y los colegios cerrados, lo que no consiguió Greta lo va a conseguir un chino comiéndose un murciélago. Pero no todos han salido perdiendo con la crisis: se da por hecho que vamos a tener que encerrarnos en casa y van a subir las suscripciones de Netflix. ¿Acaso todo esto es una una estratagema de la plataforma de streaming para pagar el caprichito de Scorsese de contratar octogenarios para interpretar a mafiosos de 30 años? Hablando de octogenarios: son la población de riesgo, el virus podría casi no percibirse en gente joven pero barrer al elenco de The Irishman al completo. Pensad en ellos y seguid las instrucciones de las organizaciones sanitarias: lavarse las manos, evitar el contacto social, saludarse como el Langui, crucifijos y ajos.