Iba a dedicar mi artículo de esta semana a la inauguración de un nuevo trampolín en la Piscina del Consejo Nacional de Sóviets pero la coyuntura mediática me obliga a poner la lupa en este fenómeno novedoso y desconocido del que todo el mundo habla: el calor.

Del calor sólo sabemos que las primeras informaciones de su existencia nos llegaron en marzo, que al principio los medios lo ignoraron y no ha sido hasta estas últimas semanas cuando ha comenzado a llenar todas las portadas. Dicen que su incidencia es mayor ahora que en meses previos y que quienes lo sufren pueden sentir sudores, cansancio y malestar. Los gobiernos estamos intentando actuar como podemos ante este terror desconocido. En Corea del Norte hemos ordenado la evacuación inmediata de todos los nórdicos y hemos colgado carteles en todos los espacios públicos con el lema "Proletarios del mundo, ¡hidrataos!".

 

Los poderes fácticos hacemos lo que podemos pero enfrentarnos a un enemigo invisible no deja de ser frustrante, nos aferramos a que los expertos lleven razón y la epidemia remita a final de verano. Noticias poco alentadores llegan desde la vieja Inglaterra donde hay indicios de que el calor podría afectar al sistema nervioso y a la capacidad de razonar, se han registrado casos de ingleses saltando desde el balcón.

En la República Popular hemos creado un Comité de Investigación del Calor. Las primeras investigaciones apuntan a que los griegos ya hablaron de él en contraposición al frío y, registrando la hemeroteca, es fácil encontrar noticias de mártires anónimos que en cierto momento empezaron a sentirse a disgusto con el abrigo y sufrieron síntomas que podrían encajar perfectamente con el cuadro clínico del calor, con lo que podríamos no estar ante el primer brote de este virus. Sólo está en nuestra mano hacer un llamamiento a todos los ciudadanos del mundo para rezar juntos a Dios y esperar que, cuando nuestros nietos lo recuerden, el calor no sea más que un agrio recuerdo en el caprichoso curso de la historia como lo serán el trap, la democracia o la quinoa.

 

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