Esta semana he tenido el honor de recibir uno de los galardones más prestigiosos del mundo: el Premio Indonesio a la Paz y la Justicia. El jurado ha reconocido mi persistencia y tenacidad el desarrollo de armamento nuclear para garantizar la paz en el mundo y partirle la carita a los malos de camino. Mi vocación por la paz no es nueva, hace tiempo ya anuncié que en la III Guerra Mundial me declararía neutral, bombardearía a ambos bandos por igual.

 

He de reconocer que no me esperaba el premio por la decepción que me llevé el año pasado con el Nobel de la Paz y porque este año el ISIS estaba sonando muy fuerte en las quinielas. Este galardón me reafirma como el hombre más pacífico, justo, elegante y atractivo del momento, por mucho que Lenny Kravitz haya salido a última hora a enseñar el ciruelo en un ataque de desesperación por robarme protagonismo.

 

No voy a poder acudir a la gala a recoger el premio de la paz porque la comunidad internacional todavía me echa en cara lo de amenazarles con destruirles y me tienen bloqueadas las fronteras, nos vamos a perder la oportunidad de ver por primera vez a alguien acudir a recoger un premio de la paz en tanque. Cuando me enteré de que me habían nombrado ganador me acordé de toda la gente que ha estado siempre a mi lado, pero especialmente de una persona que siempre me apoyó y que desgraciadamente ya no se encuentra entre nosotros, mi tío.

 

Los premios por la paz están bien porque engordan el palmarés, pero yo siempre he sido un poco más de guerra. De hecho siempre he pensado que si la paz fuese algo bueno no tendría cómo símbolo un pájaro que se te caga encima.