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Desde Rusia con amor

Norcoreano nos cuenta todos los pormenores de su viaje a Rusia para reunirse con Putin.

Kim Jong-Un y Putin

EFE/ Alexey Nikolsky / Sputnik / Kremlin Pool Kim Jong-Un y Putin

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La vida son épocas. Ya no soy aquel veinteañero juche que iba de feria en feria empapándole el bizcocho a las proletarias, ahora soy un dictador con inquietudes que disfruta de un buen vino, una buena conversación y de conocer otras culturas. Le cogí el gusto a viajar en la cumbre de Singapur con Trump, donde siendo honesto no salí del hotel (era el típico resort con pulserita), pero ya simplemente viendo rascacielos desde mi habitación sentí ese contraste cultural que deben sentir los occidentales cuando viajan a Cuba a hacerse selfies con Chevrolets de los 50’s y edificios llenos de mugre. Pero esta vez era distinto, esta vez iba a viajar a la madre patria de los soviets, esta vez se trataba de Rusia.

Ayer lleno de nervios llegué en tren a Vladivostok para reunirme con Putin. En la estación me recibió una comitiva con pan y sal como manda la tradición rusa, sólo faltó que me sellaran la cartilla de racionamiento. Yo entiendo que estamos en tiempos de austeridad pero qué menos que latita de caviar de la zona con una regañá para un jefe de Estado. Más cuando con Rusia siempre nos ha unido un fuerte vínculo: la cercanía geográfica, el comunismo y la amistad entre mi abuelo y mi tío Josete (en la foto comiendo sushi 50 años antes de que abriesen el primer japonés en Malasaña).

 

Una vez vez pellizcado el pan con sal me desplazaron en coche hacia la Universidad Federal del Lejano Oriente donde me recibió Putin con un chupito de vodka. Vladimir es un hombre afable, de esos en los que sabes que puedes confiar, dicho esto le pedí a un asistente que probase el chupito antes que yo, que soy intolerante al polonio. Estuvimos cinco minutos posando en el photocall y nos dirigimos a un despacho donde conversamos amigablemente. Fuimos directos el uno con el otro: yo le recriminé que abandonasen el socialismo y que mezclasen guisantes con mayonesa en la ensaladilla rusa, él me insistió en que pidiese la portabilidad al capitalismo a lo que le contesté que me quedaban aún dos años de permanencia en el Komintern. Le confesé también que me sentí un poco defraudado el día que vi que, estando él como yo en contra del homosexualismo, decidió mandar un concursante a Eurovisión. Ahí ya nos encontrábamos en un ambiente distendido.

- Los disidentes estos ucranianos que aparecen envenenados por ahí, ¿eso eres tú?

- Ni confirmo ni desmiento-, me contestó guiñandome un ojo.

Ahí ya pidió que me trajesen un regalo que tenía preparado, una muñeca matrioshka. La abrió y dentro había otra muñeca más pequeña. Me dijo:

- ¿Qué crees que hay debajo?

- No sé-. Contesté, a veces en el arte de la conversación hay que dejar que se luzca un poco tu interlocutor.

- Otra muñeca matrioshka-. La abrió y sacó otra muñeca más pequeña. - ¿Y debajo de esta muñeca qué crees que hay?

- Ahí ya me pillas, Vladimir.

- Otra muñeca matrioshka-. Ahí la verdad es que sí me había pillado, yo pensaba que la anterior ya era la última pero estuvimos 20 minutos más sacando muñecas, dos Funkos y tres Playmobils que nadie sabe cómo se colaron ahí.

Le pedí que me llevase a un torneo de pegarse bofetones, la verdad es que no es capaz de apreciar la belleza de un deporte hasta que lo ve de cerca. Me explicó que si no se pegasen bofetones, la raza del eslavo borracho de lidia se extinguiría. Asentí. Comentamos la posibilidad de viajar al día siguiente a Moscú a que me enseñase el Kremlin aunque me advirtió que no era gran cosa: “Es lo que ves en la portada del Tetris“. Nos despedimos al estilo bolchevique, dándonos ocho besos en cada mejilla y quedamos en vernos el día siguiente. Puede que sea el comienzo de una bonita amistad.

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