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Querido límite del humor

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¿Cuáles son los límites del humor? Es una pregunta siempre interesante pero siempre realizada en la dirección incorrecta. Eres tú, el propio emisor de la pregunta, la persona cabreada exigiendo líneas prohibidas, quien tiene que darnos al resto una respuesta. Sin embargo te pasas la vida dando la vara y pidiéndole una solución a tu dilema al bromista de turno que, sin pretenderlo, ha despertado tu furia. Un bromista que, con los ojos más abiertos que Carrero montado en una montaña rusa en plena subida, nunca sabe qué decirte, porque esos límites son cosa tuya, él no tiene ni idea. Es como parar a un japonés que va paseando por tu barrio haciendo fotos, sacarle un mapa y pedirle que te indique cómo llegar a tu propia casa. Te mirará sorprendido y boquiabierto. Y en este caso, al ser asiático, con los ojos más cerrados que Carrero en plena bajada de la montaña rusa. Deja ya de ser un puto pesado preguntando por los límites del humor. Los tienes que marcar tú. Y cuanto más cabreado estés y más fuerte seas, mejor podrás delimitarlos. Si tienes una pistola o una ley a mano, mucho mejor. Toda ayuda es poca para darle matarile a las bromitas que te ofendan. Un ejemplo. Cuando los chicos del ISIS ven a alguien jugando al fútbol o cantando una canción no religiosa, le cortan el cuello por ofender a su dios. Los límites ahí están clarísimos y los marcan ellos. No van de llorones como tú. Si ellos interpretan que has ofendido a Mahoma con tus risoteos jugando a la puta pelotita o con una canción divertida, te sacan la navaja y fuera. Línea trazada, en tu cuello y en el humor. Por no irnos a países lejanos, durante el franquismo, si bromeabas con que al dictador le faltaba un huevo y por eso hablaba como si le hubieran metido helio por el culo, te detenían, te pegaban un tiro en la cabeza y a la cuneta como todo hijo de graciosete. Tenemos cerca buenos ejemplos de límite del humor bien definido y sin molestar a nadie con preguntas idiotas. Aunque los franquistas aún siguen teniendo escuadra y cartabón para trazar los límites, ahora todo es más difuso. Hace unas semanas, el humorista, cantante y vendedor de gazpacho Bertín Osborne se quejaba porque, según él, en España la dictadura de políticamente correcto complicaba hacer chistes de gangosos o mariquitas, porque la gente ya no se reía. Preguntado unas semanas más tarde por el caso de la tuitera condenada a prisión por bromear sobre Carrero Blanco, Bertín respondía apoyando la condena a prisión y explicando que, joder, ahí sí que hay límites y esta chica veinteañera los había pasado, porque Carrero tenía una familia que había sufrido aquello. Al contrario que los gangosos o mariquitas, que como todos sabemos, nacen solos en probetas, sin familia, tras una mezcla graciosa de genes hecha por científicos cachondos y, como los toros, no sufren. Es un debate complicado a priori, pero con una solución muy sencilla. Si a Bertín le molestan los chistes sobre dictadores, hace bien apoyando la prisión para la autora de la broma y aunque no haya límite del humor con los mariquitas o gangosos porque nadie es condenado por ello, hace bien pidiendo más manga ancha para bromear sobre esta gente. Incluso una ley para obligar a que la ciudadanía ría esos chistes sería una opción, ¿por qué no? Los límites del humor son todo lo moldeables que tu fuerza te permita. Y si los gangosos quieren trazar los límites, porque se sienten humillados, que creen un partido político, que ganen las elecciones o den un golpe de Estado con muertos en las cunetas o que hagan lo que sea necesario y luego redacten leyes poniendo límites fuertes al humor que les molesta. Pero por favor, amigos de los límites del humor, dejen de dar la lata. Histórico cara a cara entre Marhuenda y Mongolia sobre los límites del humor LEER: Querido cromañón

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