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Pedazo de invento, el de las puertas

Pedazo de invento, el de las puertas

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Petete Potemkin | Madrid
| 27.02.2018 11:04
Es posible que sea el primer ser humano que lo constata, y espero no deslumbrar a nadie con mi revelación: en la naturaleza no existen puertas. La puerta es un invento genuinamente humano. La naturaleza es sabia, pero la humanidad tiene puertas. ¿Quién ríe ahora? ¿Nadie? Bien. Inventar la puerta es un triunfo de la inteligencia sobre la barbarie. Para que una puerta funcione ha sido necesario inventar otras muchas cosas, como el marco de puerta (antes se caían todas al suelo, un espectáculo muy triste), la bisagra (antes no se abrían (o cerraban, según el momento de la construcción)), la mirilla (si es telescópica es aún mejor para echar a visitas inoportunas), el pomo (que dio nacimiento al poderoso movimiento del “Tire” para enfrentarse al monopolio del “Empuje”), el picaporte (que acabó con la fea costumbre de arrojarse de cabeza para llamar) y el correo comercial (que es, en el fondo, de lo que va todo esto).

 

Como ocurre con tantos pedazos de invento, como la rueda, el fuego o el olor corporal fuerte, nada se sabe del inventor de la puerta. Tal vez, en un acto digno de la tragedia griega, el inventor quedó en la parte de fuera de la puerta tras inventarla y se tuvo que acurrucar frente a ella a pasar un duro invierno, al cual no sobrevivió. O tal vez prefirió guardar un silencio estratégico, dedicarse a mejorar su invento dando lugar a la puerta giratoria, y desde entonces nos contempla altivo desde un consejo de administración en el que pasa sus días con displicencia, comiendo frutos secos, bebiendo ginebras caras y, cuando se siente eufórico, creando alguna que otra fundación que resuelva problemas que, si no existen, se inventan. Porque hay que recordar que inventar, como tantas cosas buenas de este mundo, crea adicción.

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