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La guerra homeopática: de cuando las cosas se hacían sin prisas

La guerra homeopática: de cuando las cosas se hacían sin prisas
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Hablemos de historia. De un montón de años de historia. Hoy me he documentado concienzudamente (¡gracias, Wikipedia!) sobre un período histórico que guarda interesantes sorpresas: la Reconquista. La Reconquista empezó el año 722 (setecientos veintidós) y acabó el 1492 (mil cuatrocientos noventaidós) (no lleva puntito porque es una fecha) (y las fechas se escriben sin puntito) (como los números de teléfono) (y a diferencia de las direcciones IP, que llevan montones de puntitos).

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Bien: afrontemos los datos. Una sencilla operación (1492–722 (mil cuatrocientos noventaidós menos setecientos veintidós)) (aunque no lleven puntito, las fechas se pueden sumar y restar. ¿Verdad que parece increíble?) arroja un total de 770 (seteci... ¡Basta ya de esta tontería!) años. 770 años. 7, 7, 0. Y ojo, que estamos hablando de una época en la que una ardilla media cruzaba la península (normalmente en árbol) para ir a comprar el pan y tenía tiempo para tomarse un carajillo a la vuelta. ¿Por qué se tardó tantos años (770; 7, 7, 0) en reconquistar la península? Existen múltiples hipótesis. La mayoría de ellas se basan en creer que los musulmanes se resistían, y que los reconquistadores eran pocos y pasaban mucho tiempo discutiendo y viendo tertulias televisivas. Algo de eso hay, sin duda; pero la razón más plausible es tan evidente que en cuanto la desvele se me erigirán estatuas en las cimas más elevadas: la Reconquista fue homeopática. En efecto, don Pelayo, el inventor de la Reconquista homeopática, era un señor bajito de Murcia que eventualmente se encontraba en Asturias (patria querida) tratando de colocar un producto de salida difícil como eran los seguros a terceros. Hallándose, pues, en Asturias (de sus amores), decidió un día dar descanso a sus maltratados pies tras una dura mañana de visitas y avistó un banco en un parque. En Asturias (quien estuviera en) los bancos suelen estar siempre repletos de gente porque debido al clima y a otras cosas la gente se cansa con frecuencia. Don Pelayo tuvo entonces una idea: se sentó en una punta del banco y, mientras iba charlando animadamente con los paisanos sobre la belleza sin par de Asturias (en algunas ocasiones), iba dando sutiles empujones de cadera, de modo que, con paciencia y horas de conversación, llegó a conseguir espacio suficiente para sentarse cómodamente. Para cuando había conseguido tenderse en el banco y hacerse con una batamanta, rodeado de asturianos indignados, una intuición había tomado forma en su cabeza: siguiendo esta astuta táctica, era posible diseñar una estrategia para hacerse con toda la península, exclusivamente con pequeños movimientos (laterales) pélvicos. Y así es como fue. El resto es historia.

Petete Potemkin | Madrid | 27/02/2018

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