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Especies perdedoras, las grandes olvidadas de la teoría de la evolución

Especies perdedoras, las grandes olvidadas de la teoría de la evolución

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Darwin tiene un merecido prestigio por haber descrito el origen y evolución de las especies como estrategia para sobrevivir adaptándose al medio. Bien. Bravo por Darwin. Sin embargo, como ocurre demasiado a menudo, quedan olvidadas todas esas especies que intentaron medrar, sin conseguirlo, y se extinguieron –en ocasiones en cuestión de horas o incluso de minutos– al fracasar en el intento. Vamos, pues, a intentar llenar esta laguna de gratitud hacia algunas de esas especies que lo intentaron y a las que no les fue muy bien.

El voraz tigre bifronte.

Este pavoroso felino contaba con dos cabezas, una en la ubicación habitual y la otra en el espacio ocupado habitualmente por el ano. Su sistema digestivo contaba, pues, con dos puntos de entrada, y ninguno de salida. Este curioso hecho, combinado con su voracidad, hizo que todos los ejemplares de la especie estallaran al cabo de poco por el centro.

La hiena depresiva diurna.

A diferencia de las hienas, que son nocturnas y dadas a la risa, este ejemplar era melancólico y vivía sus tendencias góticas durante el día, lapso de tiempo en el que encontraba magro consuelo a su congoja vital. En lugar de reír, gimoteaba sin cesar. Por ello, el resto de las hienas le hicieron el vacío y preferían no hablar del tema. Su aislamiento la llevó a intentar aparearse con plantas y piedras de formas pícaras, con un resultado muy limitado en cuanto a la reproducción.

El búho oriental.

Una característica de los búhos, y, en general, de las rapaces nocturnas, es contar con grandes ojos, que resultan la mar de útiles cuando se va volando por ahí de noche entre ramas cazando ratoncillos. Por el contrario, el búho oriental decidió emprender la vía evolutiva de tener unos ojos minúsculos, apenas unas rendijas. El único ejemplar de esta especie murió empalado en una rama que no vio minutos después de existir.

El gato con botas.

En el célebre cuento, este animal triunfa sobre las adversidades y consigue el éxito. Por desgracia, la realidad resulta ser mucho más cruel. El gato con botas hacía un ruido enorme cuando intentaba acercarse a sus presas, perdía velocidad en la persecución debido al roce entre su montón de patas embotadas, y mejor no hablar de cuando decidía encaramarse a algún sitio, con cómicos (para el observador externo) resultados. Se extinguió sin entender qué podía haber fallado.

Petete Potemkin | Madrid | 27/02/2018

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