Liopardo

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Dejar de fumar es fácil, aunque luego todo se complica

Dejar de fumar es fácil, aunque luego todo se complica
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Estamos en pleno siglo XXI. Parece el colmo de la modernidad, pero lo seguimos escribiendo en números romanos porque es tradicional. Porque somos modernos pero tradicionales para ciertas cosas. ¿Qué cosas? Ah... Y es que además de modernos y tradicionales, somos caprichosos. Pero en fin, no es este el tema. El tema es que hay gente que aún no ha dejado de fumar. Tal cual. Inaudito. Fuman, mueren a miles, y siguen fumando, y no respetan siquiera las reglas de la lógica, según las cuales cuando uno muere es de buen gusto dejar de fumar. Pero ellos son así: tradicionales, modernos, caprichosos e ilógicos. Y sin embargo, dejar de fumar es muy fácil. Basta con proponérselo. Y todo son ventajas. ¿Todo? Veamos una dramatización para comprobarlo. Se puede dejar de fumar en cuanto se apaga el cigarrillo, o el puro, o la secuoya gigante, o lo que sea que se estaba chupeteando, con tal de que esparciera humo. Ya está. Apago esto. He dejado de fumar. Fumar pertenece al pasado. Qué limpio está el aire. Mi olfato es ahora comparable al del mejor explorador apache. Mi paladar vuelve a la vida. La lengua recupera la circulación sanguínea. Todo sabe mejor, incluso el corcho blanco. Podría pasar el resto de mi vida alimentándome exclusivamente del corcho blanco ese de nombre raro que ahora no recuerdo. Creo que tenía una equis en el nombre. No importa, me lo comería igual. Salgo a la calle y respiro a pleno pulmón. Mis pulsaciones han caído en picado. Primero sospecho que he sufrido un paro cardíaco. Pero no: ahora mi corazón tiene una capacidad de doce mil litros y bombea como una tortuga gigante adormilada. Siento el deseo de correr. Y corro, vaya si corro. Mis pulmones absorben oxígeno a toda capacidad. La gente a mi alrededor cae desvanecida cuando hago el vacío cada vez que inhalo. La vida es bella. La gente se desmaya mientras me da la razón. Pero no puedo correr sin la ropa y el calzado adecuados. Y necesito aparatos de medición aplicados sobre mi cuerpo que le griten al mundo que soy el heredero legítimo de Ivan Drago, el antagonista de Rocky (inserte aquí un número romano).  Soy un nuevo superhéroe en la ciudad, y debo ir equipado para la ocasión. Entro en una tienda de deportes y electrónica y salgo dejando en ridículo al doctor Muerte. Me veo imponente. Vuelvo a correr. Pero con mi nuevo ropaje tres tallas menor de lo adecuado y con la carga extra del equipo de medición, caigo rendido tras dar cinco pasos. En la tienda me han aplicado la técnica de los cinco puntos de Pai Mei. Maldita sea. Qué poco duran las cosas buenas. Siempre igual.

 

Petete Potemkin | Madrid | 27/02/2018

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