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Anatomía de las pitadas

Anatomía de las pitadas
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Estos días está sobre la mesa el debate en torno a la pitada al himno nacional en la final de la Copa del Rey. Es un tema delicado, ya que, como ha ocurrido en conflictos similares de esa envergadura, como el de la tortilla de patatas con o sin cebolla o el final de Lost, se enfrentan dos posturas irreconciliables. ¿Está bien pitar contra cosas? ¿Hay cosas contra las que lo se debe pitar? ¿Cuáles son los límites de la pitada? No sacaremos conclusión alguna sobre nada de esto, pero sí podemos aprovechar la coyuntura para hacer un análisis reposado y con aspiraciones pseudocientíficas en torno al acto de pitar. Lo primero que debemos tener claro es que una pitada es la unión en el tiempo y el espacio de silbidos individuales. Esto es, si una sola persona silba en Murcia al mismo tiempo que otra silba en Vigo no puede considerarse pitada, sino dos idiotas silbando. De la misma forma, si una persona silba a la altura del número 7 de una calle de Cuenca a las dos de la tarde y otra persona pasa por ese mismo lugar silbando a las diez de la noche, tampoco podemos darle a eso entidad de pitada por mucho que nos pese. Es muy importante tener esto claro si pretendemos organizar alguna vez una pitada: coincidencia en tiempo y espacio. Imaginemos que hemos coincidido en el tiempo y en el espacio dos personas silbando. ¿Es ya una pitada? Tal vez, pero no con total seguridad. El pitido debe escucharse. Sé que puede resultar puntilloso detenerse en este punto, pero conozco a mucho inútil silbando que cree que se considerara silbido esa gárgara que hace con la lengua y el labio expulsando aire salivoso. Y para nada. Además de la coincidencia en el espacio-tiempo y la necesidad de la emisión de sonido, una pitada realizada correctamente debe tener un objetivo común. Me explico. Podría darse la chapuza de que las personas concentradas la otra noche en el Camp Nou pitaran unas contra el himno, otras contra el peinado de Dani Alves y otras contra el precio de las entradas. Esto no sería para nada una buena pitada. Sería una chapuza de pitada, de hecho. ¿Cómo evitar que esto ocurra? Teniendo claro el conjunto de personas participantes en la pitada el objetivo a pitar. ¿Cómo se hace esto? No hay de qué preocuparse: la señalización del objetivo viene de serie en el ser humano, como el apéndice o las orejas, es algo innato que ya tenemos al nacer. Ya en la época en la que el hombre cazaba mamuts con lanza, se producía una escena en la cual, cuando el cazador volvía a la cueva sin nada entre las manos o con un mamut del tamaño de un pollo, algunos de los que esperaban preparando la candela, poniendo el mantel, etc, pitaban. Y no hizo falta hablar en aquel momento sobre cuál era el objeto de la pitada. Todos asumían que era para el inútil del cazador. Acabemos este análisis con una mirada hacia el fututo. En los últimos tiempos, el diseño de pitadas ha avanzado que es una barbaridad. Los silbidos de los hombres de las cuevas que comentábamos antes dejaron paso decenas de siglos después a los silbidos de tu primo el del pueblo que, desarrollando una técnica consistente en apoyar los nudillos de los dedos contra el labio, consiguió unos resultados que hubieran estremecido al ala más crítica de silbadores contra los cazadores de mamuts. Bien. Cuando parecía que nada podía superar los logros en materia de silbidos de tu primo el del pueblo alguna mente preclara ha introducido los silbatos de plástico en las pitadas. ¿Es esto ético? ¿Podría ser considerado doping? ¿Tiene límites el uso de la tecnología en el campo de la pitada? ¿Estamos jugando a ser dioses? El tiempo dará o quitará razones. Y si no estamos de acuerdo con el veredicto del tiempo, siempre podremos pitarle.

Gerardo Tecé | Madrid | 27/02/2018

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